La compasión no tiene escala mínima
Los animales humanos de tamaño Albar tienen su propio problema con los tiros de cámara de estatura media. En cualquier otra jungla, dadas sus características internas, se esconderían con celeridad detrás de un «matu» al menor síntoma de luz solar. Intrepidos y divertidos como monos de culo rojo nunca piensan en bajarse de esa tormenta de Chichos Terremotos, Labubus de sonrisa falsa y egos de pinchos torcidos que llamamos política.
Especial es el oficio de seres solitarios y enternamente rotos donde no se respira mañana si no se recibe algún que otro disparo hoy. En el caso de la mujer que tiende a bajarse pequeña, alguno diría casi mínima, del coche de «powerfulosa» ministra de Hacienda hacia un canutazo cualquiera.
Los años de práctica perdida la han dejado al filo de una paradoja napoleónica.
Tan perfectamente descriptible en su importancia e incapaz de levantar medio palmo del suelo, la Más Mery de las Andaluzas tiró de miradita de mala hostia a la cara de aquella mujer que disfrutaba del foco.
Son más antiguas y saben más que nosotros del poder del deseo. Sin duda aquella chica maldijo un segundo su despiste por no saberse en lo de ser más alta, más joven y mucho más bella.
Como siempre hay tanta sororidad entre mujeres, miremos si no aparece su nombre entre las desaparecidas, la que como ninfa se permitió demostrar que con tacones o sin ellos medía más que la vicepresidenta.
Yo, como Il Divo, soy un hombre de mediana estatura que no ve gigantes a su alrededor. A veces, mi problemática falta de perspectiva de cabrón varón con mucha gracia no es capaz de ver el supuesto poder terrorista y peligroso que frente a mí se despliega.
Mira que es difícil no notar la presencia en la habitación de alguien que habla el lenguaje de los aspavientos. Lo sé yo, que como Julio, solo necesito que me dejen bailar un par de canciones con sentimientos para que este narcisista extrañamente encantador y super estrella se quiera tanto que, que si no estuviera felizmente casado, se vea totalmente capaz de meterse en el bolsillo a cualquiera de ellas.
Las torres más bajas de todos los imperios de papel antes o después han caído. Y aquí estamos hablando de gente en tiempo de descuento por muy honorable candidata socialista andaluza a la muy elevada tercera plaza que una sea.
Hay gestos íntimos que se ejecutan en privado y que a uno le definen para siempre ante los demás. Yo nunca podré mirar mal a la chica que lleva dentro una lata de gasolina, que tiene ojos grandes y tan tristes como oscuros. Porque a pesar de que alguien le hizo daño, un día le preguntó a un gran modelo de lenguaje qué podía deducir de la mirada de quien salva a una hormiga ahogada mediante una servilleta seca.
No recuerdo cuándo vi al primer grupo de posantes poniéndose todos juntos y de puntillas para ser vistos junto a un parlante. Nunca he sabido qué dice en el título azaroso que pone en su tarjeta que tanto les importa y condena. Verlos en esas situaciones, tan adictos a hacer muro entre los codazos de los compañeros, les quita toda elegancia y pretensión de virtud. Y acerca el ejercicio de lo que una vez fue el poder a un ridículo sketch de mi querido Torrebruno.
No hay garantía nunca de nada, pero así como el mal es incapaz de calcular el corazón, el oráculo acertó con la respuesta. La compasión no tiene escala mínima. El tamaño relativo del cosmos no nos dice nada sobre el valor de las cosas infinitamente pequeñas. Y como el pasado no informa del futuro pero lo acompaña como una puñalada, sabemos que siempre en lo más oscuro y desagradable aparece la capacidad del humano para ser infinitamente grande.
Hoy, que tantas cosas vemos venir en un andén a 250 kilómetros por hora, habrá que volver a educar nuestros ojos para sostener la mirada ante la compasión, la crueldad o ese ridículo conjunto de pasitos de geisha que uno da avergonzado simplemente para poder salir de puntillas en un encuadre que no le importa ni a mi madre.
Aquel que hace de todas las mentiras su camino acaba jugando al pádel sin perdón y sin conciencia, y salvo que se tire un par de rayas antes o después también se queda sin amigos.
Como nadie los espera nunca en casa aman salir en una pantalla. Tal y como sabe cualquier consorte del maldito aspirante a gigante deforme de la cadena trófica de lagartos huecos, solo quedan hoteles desangelados, compañías temporales y conversaciones de ascensor que nunca van de nada.
La sustancia venenosa que es el poder acaba alcanzando tarde o temprano al amor y la pareja. Y hay capítulos escritos que siempre se guardan en la memoria dedicados a la mirada de una hija que prudente ante ese monstruito ministerial siempre se aleja.