Responsabilidades ineludibles
Saltaron como un resorte en sincronización admirable. Que a nadie se le ocurriera «politizar» la tragedia ferroviaria de Adamuz (Córdoba). Que todos los sospechosos habituales «coincidieran» con ese mensaje desde el minuto cero hacía llegar a varias conclusiones. Dos destacaban por encima del resto.
Una: que los primeros que habían hecho el ejercicio de calcular las hipotéticas consecuencias políticas habían sido ellos. Y que el resultado de sus cábalas había resultado negativo para el partido por el que lo darían todo en cada tuit, en cada tertulia.
Dos: que eso que pedían explícitamente evitar era exactamente lo mismo que estarían haciendo ellos en el caso de que pudieran aprovecharlo para la causa. Dime qué te preocupa que suceda ante algo que te perjudica y té diré qué defenderás con ardor si el contexto te beneficiase. Pero la sobreactuación no está saliendo bien. Cada petición de sales trae la imagen mental de aquellas situaciones en las que se hizo exactamente aquello que ahora se critica.
Poco después llegó la obsesión contra los bulos. «¡Cuidado con la desinformación!». Creíamos que esta era una idea a tener en cuenta por defecto. Como mirar a los dos lados antes de cruzar. El oficialismo ha conseguido que la advertencia tenga un efecto contraproducente. Cada vez que sale a relucir, lo que se sospecha es que es sacan la etiqueta de manera preventiva para poder pegársela a cualquier información contraria a sus intereses.
No hay ya dedos en las manos para contar las ocasiones en las que los gobiernos de Pedro Sánchez han topado con la realidad cuando se encontraban en plena construcción de relatos. Como en lo que tiene que ver con la moral sexual, da la sensación de que la izquierda es incapaz de jugar al juego bajo las normas que ella misma impuso.
Alberto Olmos ha escrito que, si esto hubiera sucedido con un ministro del PP, Rufián estaría llamándole asesino veinte años. Añadimos a la idea la posibilidad de que ese ministro fuera Rafael Hernando.
Ahora los esfuerzos parecen centrados en rescatar la figura de Óscar Puente. Ya lo vimos con la dana, sólo que ahora el drama entra de lleno en su ámbito competencial. La cara A es el mamporrero que trata de tú a tú al periodismo fiscalizador, hace de comentarista ante un incendio si cae en campo contrario o se enzarza con cualquier contribuyente que le pague el sueldo. La cara B asoma sólo en estos casos. Infatigable otorgador de entrevistas y protagonista de una rueda de prensa de casi dos horas y media. Se multiplican los elogios al ministro por limitarse a hacer su trabajo después de dos accidentes con víctimas mortales en tres días. Estar malacostumbrado no es una excusa para celebrar lo que debería darse por hecho. Es asombrosa la manera de agarrarse a cualquier asidero que permita seguir pensando que sólo hay unos buenos de la película.
El accidente ha sido un golpe muy duro. Sus circunstancias han sido particularmente desafortunadas. El rosario de dramas individuales que deja tras de sí es de los que se quedan fijados en la memoria. Es un reflejo egoísta, pero sucede. El contexto permite imaginar con facilidad que cualquiera de nosotros podríamos ir en esos trenes.
Separar la red ferroviaria de la administración pública competente es tarea casi imposible. Especialmente si venimos de dos veranos consecutivos caracterizados por escenas grotescas. Anecdóticas comparadas con lo de esta semana, claro. Pero suficientemente indicativas de que las cosas no estaban marchando bien. Es el ámbito en el que ha quedado más demostrado, pero no es el único. El año pasado aprendimos que no está garantizado que se encienda la luz al darle al interruptor. El oficialismo ya ha proscrito el término «tercermundización». Pero se han multiplicado las ocasiones en las que un ciudadano corriente puede terminar su jornada durmiendo en un polideportivo.
Pedro Sánchez pensó que era buena idea poner al ministro «barra brava» en una de las carteras más relacionadas con la vida cotidiana del común de los españoles. Tanto él como Puente, un político con indisimuladas ambiciones de futuro, ya deben saber a estas alturas que se trata de un gran error. No hay mejor gestión de crisis que anticiparse para evitar que ocurra.