La UE activa el “seguro anti-Farage” para que el Brexit no vuelva a explotar
Durante años, Bruselas trató el Brexit como un accidente histórico. Ahora lo gestiona como un riesgo sistémico. No teme que el Reino Unido vuelva a la Unión Europea; lo que le inquieta es que acerque posturas para luego marcharse otra vez. Por eso, mientras que el premier laborista Keir Starmer negocia un “reinicio” de las relaciones con el bloque con el fin de reparar las tensiones creadas con la anterior administración conservadora, al otro lado del Canal de la Mancha han activado una arquitectura jurídica diseñada para una sola cosa: hacer que cualquier nueva futura ruptura sea tan cara que resulte políticamente inviable. En definitiva, garantizar que lo que se está negociando ahora con Starmer -que durante el histórico referéndum de 2016 hizo campaña por quedarse en la UE- tenga continuidad, independientemente de la persona que le releve luego en Downing Street.
En los pasillos comunitarios, la disposición ya tiene nombre propio: la "cláusula Farage". No es una figura retórica, sino una referencia explícita al líder de la formación de derecha radical Reform UK, el populista británico amigo íntimo de Donald Trump que promete dinamitar cualquier acercamiento a Bruselas y cuya sombra ya condiciona cada línea del nuevo acuerdo. La operación revela hasta qué punto se da credibilidad en Bruselas a que el agitador de masas, que con apenas seis escaños lidera todas las encuestas de opinión, pueda convertirse en el nuevo primer ministro para las elecciones generales previstas para 2029.
Lo que el Gobierno laborista está ahora negociando es el futuro acuerdo sanitario y fitosanitario —conocido como SPS— que permitiría eliminar casi todos los controles fronterizos que hoy asfixian las exportaciones británicas de alimentos hacia la UE. Carnes, pescados, lácteos y bebidas volverían a cruzar el Canal sin los certificados, inspecciones y retrasos que introdujo el Brexit. Para el actual inquilino del Número 10, cuyo objetivo es hacer crecer a una economía británica atrapada ahora en el estancamiento, ese pacto equivale a un pequeño plan de estímulo encubierto: podría aumentar las exportaciones agroalimentarias a la UE en más de un 20%.
Starmer lo necesita. Políticamente, porque ofrece una mejora tangible del Brexit sin tener que reabrir el debate tóxico sobre el mercado único o la unión aduanera. Económicamente, porque es una de las pocas herramientas reales de crecimiento a corto plazo sin gasto público, con la que aspira a mejorar su castigada posición en las encuestas.
Pero para Bruselas, ese acuerdo no es un favor: es una apertura del mercado europeo a un país tercero. Y la UE, escarmentada por una década de bandazos británicos —de David Cameron a Boris Johnson, pasando por la fugaz Lizz Truss—, ha decidido que esta vez no habrá acceso sin garantías de estabilidad.
El borrador filtrado por el "Financial Times" lo deja claro. El Reino Unido tendría que pagar una contribución financiera permanente para participar en el sistema europeo de controles fronterizos —una cuota proporcional más un recargo del 4%— y aceptar la llamada alineación dinámica: cualquier nueva norma europea sobre sanidad animal o vegetal se aplicaría automáticamente en el Reino Unido. Sin voto, sin veto, sin derecho a bloquearla. Básicamente es integración sin pertenencia.
Pero la pieza clave no es esa. Es la cláusula de salida. Si un futuro Gobierno británico rompe el acuerdo, deberá pagar todos los costes derivados de reconstruir las fronteras: infraestructuras, personal, formación, equipamiento, tecnología. No es una multa simbólica, sino una factura diseñada para ser políticamente tóxica.
En Bruselas no lo ocultan: la cláusula existe para disuadir a Nigel Farage. El líder de Reform UK no es hoy una mayoría parlamentaria. Pero su partido lidera encuestas en zonas clave y ha logrado algo más importante: ha convertido el Brexit en un arma emocional permanente. Cualquier acuerdo con la UE es, en su narrativa, una “traición”. Y cualquier alineación normativa es “sumisión”. Por eso, cuando Farage promete que romperá el pacto y no pagará “ni un euro” a Bruselas, la UE se toma en serio las amenazas.
El precedente ya existe. En el acuerdo de pesca firmado el año pasado, Starmer aceptó una cláusula similar. Si Londres rompe el acceso de las flotas europeas a aguas británicas antes de 2038, se activan represalias comerciales automáticas. También entonces se habló de “cláusula Farage”. No es casual. Bruselas ha pasado de negociar con el Reino Unido como un socio a hacerlo como un sistema políticamente inestable.
Desde Downing Street defienden que este tipo de disposiciones son normales en cualquier tratado internacional. Y es cierto. Pero el contexto no lo es. Pocos acuerdos comerciales del mundo están diseñados explícitamente para protegerse de la posible llegada al poder de un líder populista concreto.
Ahí está la paradoja. El “blindaje” europeo refuerza exactamente la narrativa que Farage necesita. Cuanto más caro y más automático es el encaje regulatorio, más fácil resulta presentarlo como una humillación nacional. Y cuanto más duras son las penalizaciones, más atractivo resulta romperlo para un movimiento que vive del conflicto.
El problema no es solo político. También es social. Agricultores y pescadores —teóricamente los grandes beneficiarios del acuerdo— empiezan a rebelarse. Temen que la alineación con Bruselas les obligue a adoptar normas más estrictas sobre pesticidas, herbicidas y bienestar animal, encareciendo su producción frente a competidores de terceros países. Para muchos, el Brexit fue precisamente una promesa de desregulación.
Así, el “reinicio” de Starmer corre el riesgo de convertirse en un campo minado. La UE exige estabilidad. Farage promete volatilidad. Y el primer ministro intenta caminar entre ambos sin reabrir la guerra cultural del referéndum.
En definitiva, este año se cumple el aniversario del Brexit y la realidad demuestra que el histórico divorcio no se ha resuelto, sino que ha transformado en otra cosa: un sistema de frenos, sanciones y cláusulas diseñadas para gestionar la desconfianza mutua. Bruselas ya no se pregunta si el Reino Unido volverá. Se pregunta cómo impedir que, si vuelve un poco, vuelva a marcharse de forma caótica.