Cuando su mujer le prohibió ir a la guerra, mi amigo periodista portugués, se dedicó a cubrir incendios en Portugal para quitarse el mono de adrenalina. Días después regresaba a casa sin dormir, apestando a humo y negro de hollines en un éxtasis de agotamiento que le valía de sustituto de las noches de bombardeo y ese impulso de cruzar calles vigiladas por francotiradores. A falta de la guerra, saltaba por las quebradas, ascendía lomas sin resuello y hacía fotos de frente al monstruo de las llamas. Con el tiempo volvía a sus rutinas, hasta que se quemaba otro monte y salía disparado a correr entre chispas. Contaba que, de vez en cuando, aparecía un jefe en la redacción a...
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