Imagine por un instante que está sentado tranquilamente frente a su casa y que, de repente, un objeto metálico de una tonelada y media cruza el cielo a treinta veces la velocidad del sonido, envuelto en llamas, y termina estrellándose a pocos kilómetros de su hogar. No es ciencia ficción, ni el inicio de una película de catástrofes de Hollywood. Es una realidad estadística cada vez más palpable. La cuestión es que, y a pesar de que el cielo, literalmente, se nos está cayendo encima, hasta ahora no hemos sido del todo conscientes de ello. Y esto se debe, en parte, a que hemos estado casi ciegos a la hora de saber dónde caerían exactamente los fragmentos de antiguos satélites...
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