De vender crecepelos a las criptomonedas: así son los trileros del siglo XXI
«Cómo estafadores, farsantes y embaucadores manipulan a los medios, a los mercados y a las masas» es el subtítulo, tan explícito, de un libro de título contundente y de trasfondo infinito. Moisés Naím y Quico Toro enseguida dejan claro en él que la charlatanería no es un fenómeno marginal ni una desviación anecdótica del sistema, sino una forma de explotación profundamente integrada en nuestras estructuras políticas, económicas, mediáticas y cognitivas. Más aún: el libro sostiene que el éxito del charlatán no depende tanto de su habilidad para mentir como de nuestra extraordinaria capacidad para creer lo que se nos dice de manera acrítica.
Entramos en materia ya en el prefacio, que está centrado en la figura histórica de Marco Bragadino –o Mamugnà–, un alquimista fraudulento que a finales del siglo XVI convenció al Senado de Venecia de que podía fabricar oro. Venecia, antigua superpotencia mediterránea en declive, necesitaba un milagro para restaurar su grandeza, y Mamugnà supo ofrecerlo sin prometerlo de veras nunca; bastaba con insinuarlo, con «cultivar un halo de misterio» y con exhibir una riqueza tan ostentosa que «nadie se atrevía a dudar de él». El falso alquimista –si es que existe alguno verdadero considerando que no deja de ser un «mago, taumaturgo, ocultista», como especifica el Diccionario de la Lengua Española– no engañó a los ignorantes, sino a una élite política cultivada, consciente de la fragilidad de su poder y desesperada por revertirla.
Tomando el pelo
Los autores subrayan que Mamugnà no tuvo que persuadir activamente a sus víctimas. «Les tomó el pelo de forma increíble, pero no tuvo que convencerlos de nada. Querían creer, así que se convencieron ellos solos». La clave no era la mentira, sino la identificación de un sueño colectivo tan central para la identidad de los nobles venecianos que resultaba intolerable ponerlo en duda. Defender al charlatán equivalía a defender el sentido mismo del mundo que conocían. Este mecanismo –la fusión entre fe en el sueño y fe en quien promete realizarlo– constituye el núcleo teórico del libro, que expone una serie de casos de personajes muy desconocidos, casi anónimos pese a su calado histórico. Sin embargo, más allá de los nombres propios, lo importante en «Charlatanes» es que desarrolla una tesis clara: la charlatanería es un fenómeno antiguo, pero su escala y su impacto han evolucionado radicalmente. Aunque «nada ha cambiado excepto una cosa: estos charlatanes son ahora digitales, virales y globales», afirman Naím y Toro. Las técnicas de manipulación son esencialmente las mismas que empleaban los «ciarlatani» italianos del siglo XVII o los vendedores de aceite de serpiente del viejo Oeste, pero el entorno tecnológico contemporáneo permite que esas técnicas se desplieguen sobre audiencias planetarias en tiempo real y con una precisión casi quirúrgica.
Asimismo, el charlatán moderno no es necesariamente un delincuente que opera en los márgenes de la ley. Al contrario, «son personajes públicos que mantienen un pie en el mundo legal, transparente y honesto, mientras desarrollan sus engaños y los explotan». Pueden ser gurús de la salud, líderes espirituales, empresarios visionarios o políticos que alcanzan las más altas cotas de poder. Su éxito depende de su capacidad para moverse en esa zona gris donde la explotación no adopta la forma de la coacción visible, de tal modo que el libro insiste en que no existe un perfil típico de víctima.
La tentación de pensar que quienes caen en estas trampas son «poco listos», «poco formados» o especialmente vulnerables es una coartada reconfortante, pero falsa. Basta recordar, como hacen los autores, que Elizabeth Holmes engañó a figuras como Henry Kissinger o George Shultz, y que Bernie Madoff estafó a premios Nobel, cineastas y grandes fortunas. «Nadie podrá decir que sus víctimas fueran estúpidas o simples». En conclusión: el rasgo común no es la ignorancia, sino la necesidad. En este sentido, Naím y Toro proponen un concepto central para entender esta dinámica: el de los «sueños», que son esencialmente expresiones profundas de necesidades humanas legítimas: salud, dinero, amor, seguridad o pertenencia. «Soñar es humano; nuestra capacidad para soñar es infinita», escriben. El problema surge cuando esos sueños se convierten en el eje de la identidad personal o colectiva, hasta el punto de que cuestionarlos resulta emocionalmente insoportable. Por eso aquí aparece el charlatán que no crea el sueño, sino que lo detecta, lo amplifica y se presenta como su único garante.
En este punto, el libro introduce el análisis desde la psicología cognitiva. El primer capítulo, titulado «Pirateando el sistema operativo humano», explica cómo los charlatanes explotan vulnerabilidades estructurales de nuestra forma de pensar. La metáfora del «Humanos» –el sistema operativo cognitivo con el que todos nacemos– resulta especialmente eficaz. Este sistema es extraordinariamente potente, pero también presenta fallos integrados en su arquitectura. No son anomalías ni patologías, sino sesgos universales, el más importante de los cuales es el de confirmación, es decir, «nuestra tendencia a procesar la información nueva de manera coherente con lo que ya pensamos, independientemente de que esté justificado pensar así».
Lejos de ser un error ocasional, se trata de un mecanismo automático, preconsciente, que actúa antes incluso de que podamos reflexionar. El repaso al experimento clásico de Peter Wason sobre la secuencia 2-4-6 ilustra con claridad cómo preferimos confirmar nuestras hipótesis antes que intentar refutarlas, incluso cuando la lógica elemental aconsejaría todo lo contrario. Este sesgo se intensifica cuando entran en juego nuestras creencias más queridas, es decir, cuando aparece el razonamiento motivado: partimos de la conclusión de que deseamos y buscamos después los argumentos que la sostengan. La razón, citando a Jonathan Haidt, se comporta como «la secretaria de prensa de nuestra intuición».
Automático y placentero
Pensar despacio, cuestionar nuestras propias corazonadas, resulta costoso y casi doloroso; pensar rápido, en cambio, es cómodo, automático y placentero. Así las cosas, los charlatanes saben que basta con apoyar nuestros sueños «con pasión y carisma» para ganarse nuestra confianza «antes de saber muy bien por qué». Estas vulnerabilidades cognitivas, además, se ven amplificadas por el contexto social contemporáneo. La tecnología facilita la captación de víctimas tanto como contribuye a aislarlas, pues, como recuerdan los autores, según un informe de 2023 del responsable de Salud Pública de Estados Unidos, «entre 2003 y 2020, el tiempo medio que pasaban los jóvenes en compañía de sus amigos disminuyó casi un 70 por ciento».
El debilitamiento de los vínculos sociales deja a muchas personas sin las redes que tradicionalmente podían protegerlas frente al engaño, de manera que ese aislamiento explica por qué prosperan comunidades imaginarias que sustituyen a las reales: inmigrantes desconectados de su país de origen, creyentes alejados de sus iglesias locales, seguidores de movimientos conspirativos para quienes los vínculos virtuales reemplazan a los comunitarios. Pero lo más relevante es destacar la relación entre el charlatán y la víctima. Por definición, el charlatán es un explotador, pero su éxito consiste en lograr que la explotación sea voluntaria.
Las víctimas, de hecho, «están felices de ser víctimas» y se convierten en «las peores enemigas de sí mismas». No solamente defienden al charlatán frente a cualquier crítica, sino que a menudo participan activamente en la captación de nuevas víctimas. Esta dinámica explica por qué los mecanismos institucionales tradicionales resultan tan ineficaces: ¿cómo intervenir cuando no hay violencia visible y cuando los perjudicados niegan serlo?