Ahora que, en una semana, millones de españoles, incluido el ministro, nos hemos transformado en ingenieros expertos en transporte ferroviario, se ha posado en mi memoria el ave lenta de los recuerdos, cuando el tren-correo tardaba tres horas en llegar hasta Calatayud y, de allí, otros diez minutos más para detenerse en mi amada Ateca: 104 kilómetros en tres horas y diez minutos. A mí no se me hacía largo el viaje, porque era el principio de las vacaciones de verano, la libertad que comenzaba ya en el tren, donde podía ir hasta los retretes sin que me acompañara nadie e incluso aventurarme en recorrer otros vagones, y curiosear sobre los ocupantes. Se llamaba tren-correo porque su misión principal era...
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