Le escuché a Aquilino Duque decir de ella que era como un ángel. Que pasaba por las cosas ordenándolas, dándole claridad e inteligencia al mundo sin que se percibiera que por allí hubiera andado una mano humana. Y así era y así es su poesía, porque María Victoria Atencia (Málaga, 1931) felizmente vive en la azul intimidad de su mar de Málaga, ese mar que le trae aromas de Guinea hasta su balcón y echa puñados de sal en los cestos de fruta. La sentencia de Aquilino era, como tantas suyas, definitiva porque de ángeles, de mensajeros de la gracia que traen noticias de lo alto a nuestro mundo, pocos han sabido en el siglo más que Rainer Maria Rilke...
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