ASF, en punto de quiebre
En política, como en la vida institucional, hay ciclos que se agotan aun cuando sus protagonistas insistan en prolongarlos.
Ese parece el caso de David Colmenares Páramo al frente de la Auditoría Superior de la Federación (ASF), un cargo al que llegó en 2018 y que hoy pretende conservar, ya sea mediante la reelección o a través de la imposición de alguno de sus subalternos. Sin embargo, en el círculo del poder oficialista el mensaje es claro: su tiempo está contado.
En San Lázaro crece la percepción de que la ASF no solo se estancó, sino que perdió capacidad técnica, autoridad moral y eficacia como órgano clave del sistema nacional anticorrupción.
La acumulación de expedientes sin resolver, la lentitud en los procedimientos sancionatorios y la ausencia de consecuencias visibles frente a irregularidades detectadas han erosionado la credibilidad de una institución que debería ser pilar del combate a la impunidad.
No se trata únicamente de un desgaste personal. Lo que está en juego es el modelo mismo de fiscalización superior. La insistencia de Colmenares en reelegirse —lo que abriría la puerta a una permanencia de hasta 16 años— ha encendido focos rojos incluso dentro de Morena. Se advierte que la prolongación de mandatos en órganos autónomos suele derivar en concentración de poder, redes internas de protección y captura institucional.
En ese contexto destaca la postura del diputado Alfonso Ramírez Cuéllar, uno de los hombres más cercanos a la presidenta de la República y figura con peso específico en la bancada morenista.
Ramírez Cuéllar ha sido enfático: es necesario relevar al auditor, airear el cargo y rediseñar de fondo el funcionamiento de la ASF. No como ajuste cosmético, sino como una reforma estructural que fortalezca los controles anticorrupción y agilice los mecanismos correctivos.
El legislador ha advertido, sin rodeos, que la Auditoría presenta una degradación estructural. A su juicio —compartido por otros diputados— la fiscalización llega tarde, mal y, en muchos casos, nunca llega a sanción. La consecuencia es un mensaje devastador para la rendición de cuentas: auditar sin castigar equivale a normalizar la impunidad.
Por eso no sorprende que en la Cámara de Diputados ya se hable de un relevo inminente. En la tercera semana de febrero, la Comisión de Vigilancia de la ASF lanzará la convocatoria para elegir a quien encabece el órgano fiscalizador, un proceso que deberá concluir a más tardar en marzo. Aunque formalmente Colmenares puede competir, su margen político es cada vez más estrecho.
El desgaste no proviene solo de la oposición. Dentro del mismo oficialismo, hay dudas sobre la falta de resultados claros y la falta de transparencia en las decisiones internas, como despedir a personas sin explicación y cambios que han debilitado áreas clave de auditoría forense y de cumplimiento financiero.
A ello se suman señalamientos de presuntos desvíos que no han tenido seguimiento eficaz, lo que alimenta la narrativa de una ASF reactiva y complaciente.
En los corrillos legislativos ya circulan nombres de posibles aspirantes, tanto internos como externos, lo que confirma que el relevo dejó de ser una hipótesis para convertirse en escenario probable.
Pero más allá de los perfiles, el debate de fondo es otro. ¿Seguirá la ASF operando como una oficina que produce informes voluminosos pero inocuos, o se transformará en una institución capaz de incomodar al poder y cerrar el paso a la corrupción?
Claudia Sheinbaum lo sabe: sin una fiscalización contundente, cualquier discurso anticorrupción queda incompleto. De ahí que el relevo en la Auditoría Superior de la Federación no sea un mero cambio administrativo, sino una decisión política de alto calado.
Desde San Lázaro, la señal es inequívoca. El ciclo de David Colmenares se acerca a su fin. Y con él, la oportunidad —quizá la última en mucho tiempo— de reconstruir una ASF a la altura de las exigencias ciudadanas y del momento histórico que vive el país.
El cedazo está dejando pasar a la siguiente etapa de la cuarta transformación a cercanos de la doctora y, por ende, al desplazamiento de perfiles que no le son leales y tampoco eficientes. Tal es el caso de Colmenares, quien debería entender que los tiempos no le favorecen y, por lo tanto, convertirse en un factor de unidad e institucionalidad en el relevo en la dirección general de la ASF.