LEDA Una ráfaga súbita: las magnas alas desplegadas sobre la doncella vacilante ... William Butler Yeats En lo oblicuo del sol el lago adquiere un tacto de corderos gratos. Ha dejado en la orilla el peplo, el cinturón emocionado, y su desnudez se resume en el temblor del pie que alcanza el agua. Ella, entonces, podría hallar ese guijarro que los peces conceden a las muchachitas destinadas al sacrificio del ardor. «Una rapaz se posa en las ramas del sauce y me contempla. Siento un descuidar según mi vientre estrena las húmedas presencias.» No se sabe cómo de blanca brilla esa canción que ella escucha entre los juncos; quizá espuma aproximándose y rizándose alrededor de su cintura, quizá un pájaro perseguido entona el idioma del gesto confiado. Ella, ay, ella no es más que abandono en el agua. «Ven, animal exacto a música de muerte. Mi cuerpo es puro hueco de sed por tu plumaje y tu bebida; sólo soy ponedero, cavidad de la furia. Ven con la lentitud de lo que tala para hacer de mi vano una hermosura extrema. Cuanto más muerte tenga de tu pico, más pulso recobraré. Seré la perfumada niña de la guerra, la esposa que no aguarda al guerrero de Esparta. Y con tus alas cubre lo que quede de mí cuando me dejes.» Ella duerme con la postura descuidada de lo liviano y flota semejante a plumas tras un encuentro abrasador entre una serpiente y un cisne. Es tan pesada como un arca rebosando de poderosos huevos femeninos… Ahí se va, duerme volando. IO Imaginad que un viento terral disemina premoniciones de visitas inminentes. Tiemblan las llamas de los candiles en el templo y los tapices, entre columnas, excitan su trama costosa. Imaginad que comenzó la tarde siendo una espesura de zumaques rojizos. Ella desconoce por qué el rebaño de las vacas se inquieta. Mira al cielo con las extrañeza de quien ama al tiempo en suspenso de sus tobillos sin herirse. Algo se aproxima vinoso, alto, informe, pero extendiendo un tinte oscuro. Algo, más que una nube, cejas, y ella piensa: «¿dónde, los ojos de esa cara? ¿Dónde termina el rostro que ríe en la tormenta?» Saboread sus labios abiertos al borde del cúmulo que se encapricha con su barbilla. Ella se ciega; inclina la cabeza dándose a una niebla que rompe el lado templado de su candidez. Se ha disuelto el bosque de otoño. Adivinad cómo quiere abrazar al gas envenenándola, bajando por su espalda, agitando su hombro. ¿Sabéis vosotros cuánto consiguió resistirse? Diferenciad la humedad que va separando sus muslos de las tiernas hojas empapadas que caen desde ese bosquecito sin nombre, con alevines ignorando la mano que los desenjaula. Sí, distinguid un momento de muerte en carne del olvido, de palpitante jadeo, del mencionador de las veladas prohibiciones llevándola a lo dulce empapado. Ya no acertáis a señalar si es una vaca que os devuelve en su mirada mansa el azar de una flor rasgada; tal vez es la que no consigue espantar a tábanos verdes de su lomo, quizá sea esa olfateando los arbustos. Imaginad lo que temíais. Marchad ahora, dejad que el bosque continúe vacío. Le ocurrió a la tarde un hallazgo, una tormenta, y las telas de un templo de Argos se movían. ¿No escucháis, lejos, a la niña que jugará en la playa roja de Sidón?