Guerra Civil: la herida que no quieren cerrar
El historiador Julián Casanova saca a relucir una anécdota que ejemplifica bien y marca el tono. Cuando tenía 29 años, «una edad de mayores intransigencias y vehemencias», no tuve inconveniente en acudir a seminarios y sentarme a debatir con historiadores como Ramón Salas Larrazabal –«Si estudias la historiografía franquista, es un nombre que sacas»–. En esa época, señala, la contienda del 36 era un debate circunscrito al ámbito académico y no generaba ya polémica en la opinión pública. Otro historiador,[[LINK:TAG|||tag|||63361720ecd56e36169321e8||| Juan Pablo Fusi]], apunta también que «desde los primeros momentos de la Transición hubo una reconciliación, se hicieron series y ciclos de conferencias sobre este tema» y, de una manera serena, se había logrado asumir este capítulo del pasado. Una normalización que también subraya Fernando del Rey: «Con Felipe González y la UCD ya se restituyó a bastantes familias de los perdedores de la guerra y los que padecieron la represión de la dictadura. Hubo un montón de decretos y de compensaciones con maestros represaliados, sin ir más lejos, que lograron pensiones...».
La [[LINK:TAG|||tag|||6336122c5c059a26e23f751a|||Guerra Civil española]], sin embargo, aflora de vez en cuando, encrespando ánimos y dando pie a controversias que, sin dejar de ser puntuales, llaman la atención, generan disputas y provocan enfrentamientos. ¿Cuándo salió de los círculos universitarios y por qué? Este regreso se produjo a finales de la década de los noventa, «cuando participan en los debates las memorias que están divididas, debido a que lo que duró dictadura. A partir de ahí, existe una diferencia entre los historiadores que investigamos, aunque entre nosotros no mantengamos siempre la misma visión », reflexiona Casanova, que en marzo publicará una adaptación gráfica de «España partida en dos». Para él, interviene otro factor: «Existe un uso político de la historia y de gente que apoya ese uso tanto desde abajo como desde los medios».
Fernando del Rey coincide: «Desde los 90 han rebrotado las polémicas. Muchas son artificiales, pero lo que tienen en común es que están todas provocadas, en gran medida, desde arriba. A eso hay que sumar que desde las editoriales hubo una revitalización de las tesis franquistas que han jugado un enorme papel, como fue el caso de Pío Moa, un antiguo miembro del GRAPO, que ya dice bastante, y de algunos otros polemistas, que no son historiadores. A eso se une el movimiento memorialista, que, impulsado desde las izquierdas, va a encontrar cobertura con [[LINK:TAG|||tag|||6336170a59a61a391e0a121a|||Rodríguez Zapatero]], que responde a inquietudes legítimas, pero contribuye a propagar clichés simplistas».
Juan Pablo Fusi es directo, evita perderse en rodeos y se adelanta a apuntar: «La verdad, no conozco a David Uclés, pero su acto me parece irrelevante». Luego dirige la mirada hacia la política: «Desde la izquierda se dedican a descalificar a la derecha y poner palos en las ruedas y arrojar sobre la derecha la sombra del franquismo y la dictadura. En el ámbito académico hay diferencias de opinión, pero se ha asimilado». Fusi sí menciona el fenómeno de la polarización política. Para él, en el caso de la Guerra Civil, «se usa, pero más que para la identificación de la izquierda con el Frente Popular, la Revolución de Octubre o la Primavera Trágica, para descalificar la derecha diciendo que es igual al franquismo...». Para el autor de «Franco, autoritarismo y poder personal» o «La patria lejana. El nacionalismo en el siglo XX», 1936 no es una fecha viva entre la gente, «a pesar de que hay personas que son nietos o son biznietos de hombres y mujeres que murieron de manera trágica en la guerra, acabaron en las checas o enterrados en una cuneta. La guerra fue terrible y dejó heridas familiares muy fuertes».
Para Casanova, otro de los factores que ha afectado al discurso es que la gente no «piensa en los orígenes de la guerra, no intenta comprender qué ocurrió y piensa en las responsabilidades. Ahí es cuando entramos en un terreno delicado, porque en lugar de reparar en los orígenes, buscamos responsables». Del Rey reconoce que «ahora ha vuelto a rebrotar el conflicto del 36 porque es un instrumento de movilización política muy goloso, pero eso tiene costes, porque genera tensiones que en la sociedad no estaban». Y dirige los ojos a «la oleada populista, no solo de Trump, también de la izquierda, como el chavismo, que contribuye a crispar la vida política y atiborrarla de discursos simplificadores. El malvado populismo... y ahí las redes son clave. Juegan un papel crucial, porque transmiten estos lenguajes maniqueos; no se razona, se mandan eslóganes, van creando una opinión y alimentando ideas políticas marcadas por el sesgo».
Entre el saber y la opinión
Casanova y Fernando del Rey evidencian su preocupación por esta «ola de populismo», que es «muy fuerte», y ponen el acento en otro asunto primordial: cómo la opinión se ha impuesto al conocimiento y cómo se ha mermado de manera interesada a los especialistas y los nombres autorizados en historia. «Hay un mercado internacional de la opinión que no tiene respeto por los especialistas y la gente se suma a una idea política del pasado, no al análisis sobre ese pasado. Esto está en todos sitios».
Pero, ¿qué piensan los historiadores más jóvenes? David Alegre, autor de «Verdugos del 36», también está de acuerdo en que la sociedad española desea vivir en paz, pero «la guerra civil es un objeto de disputa pública ahora porque es un momento de enorme polarización. Pero la guerra no tiene lugar ahora. La sociedad española ha madurado». Él no duda en criticar algunas ideas heredadas del pasado y vigentes en algunos discursos. «Consideramos a España como una sociedad mártir y diferente. A ver cuándo abrimos el foco, porque vemos cosas similares en Europa. Hay que acabar de una vez con esta autocompasión, como la idea del español cainita, pero, por favor, ese discurso es casi insultante. No es así. Al igual que eso de que la Guerra Civil fue inevitable y un fracaso de España. Pero, ¿qué es eso? No hay nada inevitable, porque eso sería como afirmar que todo está predeterminado y, que las personas no tienen responsabilidad sobre los hechos».
David Alegre reprocha con dureza a la política y a los políticos de todas las ideologías por lo que han dejado de hacer. «Hay una realidad inequívoca: a la clase política le han faltado grandes miras para acordar una historia de este país que ha dejado un pasado traumático y creó una brecha profunda con 40 años de dictadura, que no es para que ningún país esté precisamente orgulloso. Para mí, lo sangrante hoy es la instrumentalización que se hace de la guerra. Siempre que un político, y aquí me da igual que sea de un lado del otro, de la izquierda o de la derecha, lo cuestiono».
También saca a colación un grave error: que no hubiera un consenso de los grandes partidos sobre las fosas. «Tendría que haber habido reparaciones, y que la derecha, que tiene principios de piedad cristiana, hubiera ayudado a dar consuelo a las familias que no han podido enterrar a sus familiares. ¿No es ese un principio humanístico? Cuando el[[LINK:TAG|||tag|||63361a0887d98e3342b27400||| PSOE]] sacó este tema, ya era tarde. Ahora vivimos esta polarización que no debería ocurrir nunca. La dictadura exhumó a sus víctimas a partir de 1939 y 1940. Fueron las fosas de los asesinados por la izquierda. Fue la famosa Causa General. Se dio reparación a los huérfanos y familiares, y se desenterró a estas víctimas. Ahora se debería hacer lo mismo con los demás. Y si quedan fosas de asesinados por la izquierda y la República, que también se abran. Por supuesto. Faltaría más. Esto sería tener grandeza de miras por parte de todos los políticos y contribuir a construir una comunidad. En cambio, me parece despreciable que se haga de esto toda una instrumentalización política, porque eso es generar problemas donde no existen».
Intoxicación
Luis Ruiz Casero, autor de «Sin lustra, sin gloria», comparte que ha sido una lástima que las «reclamaciones históricas de las asociaciones y víctimas de la represión nunca se hayan cumplido. «Esta es una de las causas principales de que todavía se hable de la Guerra Civil española. La otra es, por supuesto, la manipulación política de la Guerra Civil española». Él incide en otro aspecto: «Ahora se pone en cuestión a los historiadores y a los expertos, mientras se da relevancia a las opiniones de los políticos y de personas, que muchas veces forman parte de una intoxicación, y que hablan de la Guerra Civil como si fuera un arma arrojadiza».
También recalca otro punto en el que coincide con sus compañeros: «Ahora en el debate público vemos cómo cuestiones historiográficas que teníamos asentadas ya de los últimos veinte o treinta años se ponen en tela de juicio con argumentos y discursos superados». Ruiz Casero afirma que «la democratización del conocimiento de las redes es beneficiosa, pero no puede tener igual autoridad intelectual un empleado que una persona que lleva toda su carrera investigando. Las redes sociales son una ventana a un mundo de divulgación, pero la manera en que están concebidas premia la descalificación, el insulto y atraen aparejados estos populismos de ahora. Cuando un discurso científico no es cómodo políticamente, se desautoriza y también afecta esto a otras cuestiones de enorme actualidad».
Juan Pablo Fusi concluye de una manera que es contundente y afirma: «El problema de la sociedad española no es el conflicto de 1936. Son los problemas económicos, sociales, demográficos, el cambio climático y la deuda exterior. Eso es lo que la gente le afecta, como los acuerdos comerciales y, de manera especial en España, la vivienda. No es poco. Este debate público, que ocasionalmente aflora, tiene un afán descalificatorio. Perjudican más los escándalos de corrupción, los actuales y pasados, y las preocupaciones socioeconómicas, porque estos puede hacer que muchos vean a la democracia como un sistema débil».