Vacaciones sin equidad
Las vacaciones suelen presentarse como un paréntesis de descanso y reencuentro familiar. Sin embargo, en muchas familias funcionan como una prueba de estrés que evidencia lo que durante el año permanece naturalizado: la ausencia real de coparentalidad. No se trata de un conflicto menor. Es una falla estructural con consecuencias jurídicas y un impacto directo en la vida de niños y niñas.
Desde la práctica profesional, este fenómeno aparece en situaciones aparentemente administrativas como decisiones escolares, tratamientos médicos y cambios de rutina. Allí surge una pregunta decisiva sobre quién ejerce efectivamente el rol parental y quién mantiene sólo una presencia formal. Mientras una de las partes sostiene la organización cotidiana, la otra conserva un poder formal que se activa únicamente para autorizar o condicionar.
Pese a que la normativa chilena incorporó hace más de una década el principio de coparentalidad, en la práctica el modelo de padre ausente y madre omnipresente sigue presente. La coparentalidad no se limita a cumplir con la pensión de alimentos ni a ejercer relación directa y regular (visitas). Requiere involucrarse en decisiones relevantes, conocer rutinas, anticipar necesidades, asumir responsabilidades y sostener emocionalmente a los hijos. Cuando eso no ocurre, las vacaciones no crean el problema; solo lo evidencian.
Durante el año, una de las figuras suele asumir casi toda la gestión familiar, mientras la corresponsabilidad queda reducida a presencia formal. En vacaciones, cuando las rutinas se alteran y el tiempo compartido se intensifica, esa desigualdad se vuelve más visible. No porque surja algo nuevo, sino porque se expone lo que siempre estuvo ahí.
Las autorizaciones de viaje son un ejemplo de esta dinámica estival. No porque el desplazamiento sea problemático, sino porque la normativa exige una decisión conjunta que, en los hechos, nunca existió. La ley no distingue entre quien ejerció activamente la crianza y quien se mantuvo al margen. Ambos conservan un poder decisional que, en contextos de desvinculación parental, deja de operar como garantía para los hijos y pasa a funcionar como una herramienta de presión y control.
El conflicto no es estacional ni circunstancial. Es estructural. Por eso, hablar de coparentalidad no es un debate ideológico ni una consigna. Es una cuestión de derechos de niños y niñas. Les entrega estabilidad, seguridad emocional y modelos de vínculo sanos. Les permite vivir experiencias formativas, como viajar, sin que se transformen en un campo de batalla legal.
Este tipo de herramienta legal no debiera inaugurar un rol parental ni equilibrar tardíamente una relación asimétrica. Cuando la corresponsabilidad ha estado ausente durante el año, el derecho interviene donde la vida cotidiana ya estaba desequilibrada. El conflicto no surge por la norma, sino por la distancia entre la coparentalidad que la ley presume y la que efectivamente se practica.
Las vacaciones, con sus rutinas alteradas y tiempos compartidos, funcionan como un espejo. Muestran quién sabe, quién decide, quién sostiene y quién descansa. Mirarlo con honestidad no es cómodo, pero es necesario. La coparentalidad no se ejerce cuando conviene ni se activa solo para firmar permisos. Se construye en lo cotidiano, mucho antes de que un tribunal intervenga.
Al final, el problema no es quién viaja o firma. Es quién asume de verdad el rol de padre o madre. Esa responsabilidad no admite temporadas.