El Open de Australia ha aportado un nuevo ejemplo de la pérdida de control sobre la propia imagen en el deporte de élite. Varios tenistas han denunciado estar compitiendo en un entorno de hipervigilancia comparable al de ‘Gran Hermano’. Lo explicaba
Ángel Rigueira en la edición de ayer de Mundo Deportivo. Las cámaras controlan espacios que van más allá de la pista, generando una tensión creciente entre la creación de contenido y la privacidad de los jugadores. La organización lo presenta como una oportunidad de acceso exclusivo a momentos inéditos de la rutina de los grandes protagonistas, pero los jugadores lo viven como una invasión de su intimidad. El factor desencadenante fue la difusión de unas imágenes en las que se veía a
Coco Gauff destrozar una raqueta en el pasillo de acceso a los vestuarios, creyendo que era un espacio en el que podía desahogarse sin ser observada.
Iga Swiatek también lamentó que se hiciera viral el momento en el que se le negó el acceso a la zona de jugadores por haber olvidado la acreditación. Es una anécdota intrascendente, pero las redes los acaban convirtiendo en memes.
Djokovic o
Sabalenka han criticado esta situación. Esta explotación visual de la cotidianeidad proporciona un relato emocional que permite a los medios dramatizar aún más la competición, pero se diluyen los límites de lo consentido. Cabe preguntarse hasta qué punto esta constante producción de contenido extra genera un coste y quién se beneficia de ello. La mercantilización de la vulnerabilidad puede convertirse en un elemento de conflicto en futuros contratos. Por otro lado, esta sobreexposición a través de múltiples cámaras podría modificar la conducta de los deportistas, convirtiéndolos en profesionales mucho más opacos para evitar este tipo de situaciones. ¿Hasta qué punto esto puede degenerar en una carga emocional? Hay un factor relevante en el caso de Gauff: ella creía estar eligiendo una zona segura para desatar su ira. No tenía consciencia de la presencia de una cámara. A menudo, son pequeños dispositivos parecidos a los de seguridad. Los jugadores están siendo observados sin tener esta percepción. Este voyeurismo institucionalizado que convierte la intimidad en entretenimiento resulta muy inquietante, porque ha acabado por normalizar una sociedad cada vez más vigilada.
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