Crítica de "La chica zurda": secretos y verdades de una familia en Taipei ★★★ 1/2
No es necesario fijarse en los créditos, que se despliegan con el aliento cromático de un caleidoscopio catedralicio, para ver la mano de Sean Baker en “La chica zurda”. Primer largo en solitario de una de sus más íntimas colaboradoras, Shih-Ching Tsou, productora de buena parte de su filmografía y co-directora de “Take Out”, la película no tarda en desvelar la influencia del sello formal de Baker, hasta el punto de que, también grabada con iphones y formato panorámico, parece una reformulación de “Tangerine” o “The Florida Project” en Taipei, con sus rosas, azules y verdes casi fosforescentes brillando en las noches de neón de la capital de Taiwán, en sus mercados nocturnos y sus calles hirvientes.
El aura de Baker, que aquí oficia de productor, co-guionista y montador, no solo se filtra en la urgencia urbana del estilo del filme sino también en la sensibilidad con que retrata las relaciones maternofiliales de una familia de tres mujeres que representan, también, tres edades, tres estados de ánimo, tres maneras de estar en el mundo en las que lo masculino es o un molesto fuera de campo (un padre moribundo), un ave de mal agüero (un abuelo supersticioso) o un par de daños colaterales.
Shih-Ching-Tsou, que disfruta filmando el color achicletado de su ciudad natal, salta de generación en generación, tomándose su tiempo en empatizar con todas. Las tres se deslizan sobre un escenario de secretos familiares y precariedad económica, que se expresa mejor desde el relato impresionista que desde el melodrama. Como ocurría en “The Florida Project”, los mejores momentos son los que corresponden a una mirada post-neorrealista, que quiere registrar los ritmos y vibraciones de vidas que penden de un hilo, y que reaccionan a su entorno desde la ira y el resentimiento (la hermana mayor), o desde la curiosidad (la pequeña, la chica zurda del título).
En ese sentido, son especialmente intensas y conmovedoras las secuencias en las que la cámara sigue a esa niña de cinco años que está convencida de estar maldita, de que su mano es “la mano del diablo”, y es con esa mano que ella puede robar, y resolver los problemas económicos de su madre. Menos convincente resulta un clímax final algo histriónico comparado con el tono del resto de la película, que acaba por clausurar con demasiada urgencia una historia que rezuma verdad.
Lo mejor:
El retrato de una bulliciosa y colorista Taipei y la radiografía de la complejidad de las relaciones maternofiliales.
Lo peor:
Pierde interés cuando se pone histriónica, en su resolución final.