El derecho de seguir mirando al mañana
Existen momentos en los que ciudades llegan a experimentar situaciones extremas de conflictividad social, circunstancias que las conducen a ser calificadas como ciudades problemáticas. Ello ocurre porque su población se ve obligada a desenvolverse en medio de una crisis social e histórica persistente, que termina por naturalizar la tensión cotidiana. Un ejemplo de esta realidad es la ciudad de La Paz, la cual, en los últimos tiempos, fue nuevamente protagonista de acciones violentas de los mineros, quienes recordaron que el tiempo de la confrontación y la violencia no ha pasado.
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Lo lamentable es que fueron días particularmente difíciles marcados por la agresividad de los dinamitazos detonados en pleno centro urbano y por las actitudes amenazantes que los mineros dirigieron hacia la población civil. Así, transeúntes y turistas fueron testigos directos de la violencia desmedida que caracterizó los primeros días de enero. Mucho mas a la población que utiliza las calles como un espacio y medio de supervivencia diaria, la cual terminó sobresaltada ante semejante agresividad acústica.
Esas expresiones hasta agresivas, lastimaron todo sueño colectivo de contar con una ciudad vivible y segura, e impusieron la peligrosa idea de que cualquier tipo de violencia puede ser tolerada bajo la excusa del derecho a la protesta. Se trata de un hecho preocupante que hace evidente la necesidad de establecer ciertos límites, como la prohibición del uso de dinamita en las manifestaciones.
La Paz no solo es criticada y observada como la ciudad que absorbió todo aquello que el Estado le brindó a lo largo de los años, sino que por ello, perdió la libertad de consolidarse como una ciudad proyectada hacia el futuro.
Si bien en esta ciudad, se aprendió a respetar todo tipo de expresiones sociales, esa tolerancia no implica que la ciudadanía esté impedida de disfrutar de días de paz en los espacios públicos, esencialmente a fin de año.
Esta ciudad, ha atravesado momentos difíciles a lo largo de su historia, de ahí que no sorprende que la ciudadanía se halle profundamente empapada de la política y de las necesidades sociales, hasta el punto de que, incluso en momentos caóticos y episodios de violencia extrema, transita por sus calles.
El mundo cuenta con ciudades de características muy diversas y, entre ellas, también existen sedes de gobierno, donde la política no siempre despierta el interés directo de la población, ya que está claro que los grandes debates y elocuciones se desarrollan en el Congreso.
No cabe duda que La Paz, cobija la memoria política de este país, pero también acoge las demandas de los habitantes y sectores sociales provenientes de todos sus departamentos. Desde siempre, su historia fue edificada en medio de escenarios vivientes y conflictivos, los cuales, en algunos casos, se caracterizan por un alto nivel de agresividad, como ocurrió con las acciones de los mineros a principios de año. Se trata de un sector que pareció olvidar que toda expresión social reivindicativa, evidentemente tiene el derecho de manifestarse en la sede de gobierno, pero nunca con la desmedida violencia y agresividad como sucedió en el mes de Enero.
Ante este panorama, esta claro que La Paz requiere de espacios abiertos y pensados para ofrecer a sus habitantes lugares amables que brinden descanso, transmitan sensaciones agradables y contribuyan de forma efectiva a elevar su calidad de vida.
(*) Patricia Vargas es arquitecta
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