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La zona tórrida de Ortega y Arendt

Abc.es 
En una Tercera de hace unos pocos meses, el escritor y traductor Andreu Jaume defendió la fructífera vigencia del primero entre nuestros intelectuales modernos. En 'Ortega, filósofo del siglo XXI', este bien informado autor consignó una serie de juicios que (obvio es decirlo) me han dado que pensar. Aquí uno: «Su insistencia [de José Ortega y Gasset ] en los principios básicos de la modernidad política, nacidos en Atenas (…) sigue siendo tan vigente como contestada por nuestros inveterados carlistas de todo pelaje». Observa Jaume que Ortega, en entreguerras, y, luego, en la segunda posguerra mundial, Hannah Arendt defendieron, parejamente, el interés especulativo de la «vida activa» (ética, política). Se trata, por otro lado, de pensadores demócratas. Para Jaume, la obra de Ortega, «incómoda para los fanáticos», llega «joven» a nuestro siglo XXI, donde encontramos «un panorama mundial bastante ominoso, desmoralizadas y banalizadas las tradicionales formas de representación y discusión en todo Occidente…». En fin, las cavilaciones del autor de 'Tormenta todavía' sobre aquellos dos clásicos del pensamiento en clave democrática (y también tengo presente el reciente 'El fin del mundo común. Hannah Arendt y la posverdad', de Máriam Martínez-Bascuñán) me llevan a plantearme lo siguiente. Aunque liberales, ¿podemos decir que la entraña del pensamiento tanto de Ortega como de Arendt es democrática per se? ¿No se trata más bien de autores profunda y genuinamente aristocratizantes? Ortega y Arendt abrazan la democracia como un 'factum' de la vida moderna. Cualquier otra especie de régimen político sería absurda. Ambos elogian la pluralidad que la democracia promociona, dado que el agón de la vida pública (la discusión responsable, el debate reglado, la sana disputa entre iguales mutuamente reconocidos) se enriquece con las numerosas perspectivas de una sociedad abierta y dinámica. Dejando de lado pluralismos y dinamismos, las obras de Ortega y de Arendt también recogen conocidos diagnósticos tremebundos ligados a la parte de sombra del asunto. La democracia comporta la nivelación, homogeneización, centralización, totalización, etc. de la vida ciudadana. En el fondo, estas segundas tendencias (a sus ojos acerbas, constrictoras) conducen a la democracia hasta las últimas consecuencias de su propia lógica. La hiperdemocracia de Ortega en 'La rebelión de las masas' y la nueva nación-estado de 'La condición humana' se plantan como indiferentes de las minorías directrices. De algún modo, parece que el gobierno de los muchos requiere de una cierta impureza para funcionar. Nuestros dos intelectuales toman de la democracia su punto de partida; no, por fuerza, el de arribo. Ambos libros citados contienen un curioso despliegue de tres figuras. En 'La rebelión...' de Ortega tenemos al intelectual, al 'hombre-masa' y al 'especialista'; en 'La condición...' de Arendt contamos con el animal político, el 'animal laborans' y el 'homo faber'. Tanto el intelectual del uno como el animal político de la otra introducen orden y novedad en nuestro mundo. Es la bendita élite. Esta figura minoritaria encarna una noble insatisfacción. Su signo es el del servicio público y la libertad más egregia. Por otro lado, el hombre-masa 'laborans' representa, ay, el grueso de la ciudadanía. Un egotista autosatisfecho, conformista, inexigente, pasivo, amorfo. Deposita todo su interés en el confort, en la familia, en lo privado. Su expresión pública se cristaliza en el interés de la modernidad por la economía (olímpica, Arendt alude a que para los nobles griegos 'oikonomía' designaba la mera «administración de la casa»). En los años 20 y 30, Ortega alarma sobre el auge del 'hombre-masa' en el foro público; Arendt, a fines de los 50, observa que el animal laborante está volcado más bien en la república independiente de su casa. En la triádica clasificación contamos asimismo con el especialista. El 'homo faber', el técnico, el científico natural. Es una figura de matriz moderna (como un orco uruk-hai, híbrido de Descartes y de James Watt). Con un bagaje matemático siempre a punto, el 'científico-faber' acota, calcula, domeña. Su talento le eleva, sí, por encima de las medianías, pero el hecho es que no está en condiciones de labrar un discurso integral, narrativo y, en último extremo, humano. Es un aristócrata 'fake'. Aunque algunas gentes quedan como tranquilizadas por la existencia de una «ciencia» que cada vez concibe más y mejor, todos esos 'quarks', agujeros negros, genomas, algoritmos e IA que esta figura última puede brindar con su inusitado rigor se quedan para el vulgo medio en meros fragmentos de un milagro jeroglífico. Es, acaso, capaz de suscitar cierto entusiasmo, aunque sólo parcial y más bien de sobremesa. Por esto, la teoría física de la relatividad o la conquista del espacio exterior son hitos que no llenan para Ortega ni para Arendt la ciclópea oquedad de espíritu que diagnostican en la modernidad. En suma, la primera figura orteguiano-arendtiana, el aristócrata humanista, el decidor del mundo, el debatidor de las virtudes y de la política, el persuasivo, el incansable aspirante a un más que vida, el capaz de unir tradición y revolución constituye un lujo indispensable. Sin esta minoría queda la comunidad como valetudinaria de destino. No se trata sólo de que se precisa una nobleza democrática, sino de que la democracia, cuando goza de salud, parece ser el régimen al que le es dado producir la mejor y más aristocrática de las aristocracias. Esta coincidencia entre las figuras de Ortega y de Arendt no se debe a una lectura mutua, sino más bien a un compartido influjo. De hecho, este mismo debate puede trasladarse a la fuente común: Nietzsche. En su obra madura ('La genealogía de la moral', 'Más allá del bien y del mal'), éste distingue también tres tipos humanos: el aristócrata (individuo creativo, afirmador, autónomo), el esclavo (pasividad gregaria, filisteo utilitarista) y el sacerdote (asceta, alienado del mundo que no controla, creador de sentido vital sólo para esclavos). Las antropologías de estos filósofos afines se pueden inteligir cabalmente como atravesadas por el «pathos de la distancia», que formulara Nietzsche. Sólo los individuos inconformistas padecen esta como urgencia de desgajarse de la uniformidad en busca de nuevos horizontes; arriesgando, sí, y también enriqueciendo, redimiendo, a los gregarios con nuevos tesoros, con recién nacidos valores. No les mueve la vanidad ni la compasión. Sí, en cambio, la soberbia; sí, la magnánima generosidad. Esta visión de lo político concede la mayor importancia a eso individual, intransferible, que subyace a lo político. En uno de sus escritos de juventud, con un repipi e incongruo tonito de veterano, Ortega se refiere a sus años de formación en plural mayestático: «atravesábamos […] la zona tórrida de Nietzsche». El hecho es que, tanto para él como para Arendt, el supuestamente antidemocrático evangelista de Sils Maria no constituyó una simple varicela filosofal, no. Nietzsche fue más bien su 'compagnon de voyage' para toda la vida. La zona tórrida de Ortega y Arendt es su pathos de hazaña. Y este impulso, más que una mera zona, es una vértebra doctrinal. ¿No podemos concebir acaso las meditaciones de ambos como una suerte de canto al afán de distancia y de excelencia del individuo solitario en los plurales dominios de la arena pública? Y ahora, lector, atiende a esta España: ¿no reconoces en las páginas de los periódicos a nuestra aristocracia democrática? Lo digo en broma, claro.

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