Mercosur y el miedo a la libertad
Eric Fromm (1900-1980), el autor de «Miedo a la libertad», también escribió que «la libertad es la condición fundamental para cualquier crecimiento». El creador/impulsor del psicoanálisis humanista no pensaba en la economía cuando hizo esa afirmación, pero eso no significa que no se aplique también a la economía y, sobre todo, al comercio.
El mundo ha cambiado y cambia de forma acelerada. El último foro de Davos, con las astracanadas habituales de Donald Trump, lo acaba de confirmar. Allí también quedó patente la colisión entre dos formas de entenderlo. Por una parte, el presidente americano, con su discurso, como siempre disperso, a medio camino entre el agravio y la megalomanía.
Frente a él se alzó la voz de Mark Carney, primer ministro canadiense y exgobernador del Banco de Inglaterra, que reivindicó la importancia de las «potencias intermedias» y de qué deberían hacer en un escenario geopolítico en el que hay tres grandes: los Estados Unidos, China y Rusia. Carney piensa que el viejo orden no volverá, pero que «no deberíamos lamentarlo, porque la nostalgia no es una estrategia». Cree que ha habido «una ruptura y no una transición» y confía en que a partir de la fractura «podemos construir algo mejor, más justo, más fuerte».
Días antes del Foro de Davos, al que tenía previsto asistir Pedro Sánchez para darse un baño de relaciones internacionales pero que tuvo que cancelar por el accidente de Adamuz, la Unión Europea (UE) y los países de Mercosur firmaron un tratado/pacto de libre comercio.
Y la semana pasada, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, suscribían con el primer ministro de la India, Narendra Modi, otro acuerdo para liberalizar, aunque de forma progresiva, el comercio entre ambas zonas. En el primer caso se crearía un mercado más libre para 800 millones de personas y, en el segundo, las cifras llegarían a los 2.000 millones.
En ambos casos son dos principios de acuerdos, por muy firmados que estén, que deben desarrollarse y que, en el mejor de los casos, tardarán algún tiempo en aplicarse. El objetivo de los dos es eliminar barreras comerciales, reducir aranceles y fomentar las relaciones económicas entre ambas zonas.
Para la Unión Europea son dos proyectos muy importantes. «Europa corre el riesgo de convertirse en un museo: mucha norma y poca capacidad de crear, competir e innovar», acaba de decir, por ejemplo, Felipe González, en una conversación con el economista José Carlos Díez, en el XVI Congreso de Empresa y Finanzas de la Fundación Caja Rural, celebrado en Segovia.
Los acuerdos con Mercosur y la India pueden ser un punto y seguido para que la Unión Europea dé un paso adelante, además de lograr abrir nuevos mercados, que serán también nuevas oportunidades. Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay son los países que integran Mercosur y, junto con otros iberoamericanos, son –se diga lo que se diga– lo más parecido y asimilable a Europa, sobre los que los Estados Unidos de Trump quieren ejercer una influencia y control importante, sin olvidar a China y a Rusia.
El acuerdo UE-Mercosur, sin embargo, tiene enemigos poderosos en la misma Europa, con Francia –Macron incluido más o menos por obligación–, sin olvidar una buena parte del sector agrario español y de otros países, aunque en menor medida.
Los detractores de Mercosur han conseguido que el Parlamento Europeo requiera la opinión del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, en un intento de torpedear el pacto por la vía de pararlo hasta que la Justicia se pronuncie.
La Comisión Europea, sin embargo, está decidida a seguir adelante y, aunque tendrá que aplicar lo que digan los jueces, considera que se puede poner en marcha mientras llega ese fallo que puede tardar meses, si no años. Pedro Sánchez y el ministro de Agricultura, Luis Planas, son partidarios en principio del acuerdo, algo que permite a algunos en el campo español utilizarlo como argumento en contra.
No parece nada muy solvente. Es cierto que el sector agrario tendrá más competencia y deberá continuar su adaptación – siempre será permanente– a un mundo cambiante y, como en todo pacto, habrá perjudicados, pero el balance general para el país –y para el sector– será positivo. El ingreso de España en su día en la Comunidad Europea también fue un trauma para algunos, pero es indiscutible que fue un gran salto adelante en progreso y bienestar.
Mercosur y la India no son lo mismo, es cierto, pero en un mundo nuevo, del que habló Carney en Davos, ponerle puertas al campo –nunca mejor dicho– no es una opción, aunque no sea popular decirlo, porque la libertad es fundamental para el crecimiento, como apuntó Fromm.