Escaramujo en tiempos de IA
¿Cómo planificar una tarea sin que los estudiantes recurran a copiarla textualmente de la inteligencia artificial (IA)? Esta interrogante, que comparte por igual la maestra de Historia de sexto grado y el profesor titular de Filosofía de la universidad, resurge insistentemente en nuestros días. En un mundo donde la introspección se vuelve menos común, cuesta cada vez más que un alumno «venga para preguntar» con la curiosidad insaciable del Escaramujo de Silvio Rodríguez.
Las implicaciones éticas del uso de la IA en la educación son hoy difíciles de delimitar. Con una conexión a internet, acceder al bot es como frotar una lámpara mágica: pedir y recibir en segundos. Ninguna habilidad escapa a su dominio: valorar, caracterizar, redactar, incluso crear. El riesgo es que, ante tanta inmediatez, la pupila se asombre menos. Saber ya no es un lujo, pero pensar críticamente sí se está convirtiendo en uno.
En estos actos, ya generalizados entre las nuevas generaciones en entornos académicos, cuesta ver la sombra corrosiva y mediocre del plagio. Tampoco se percibe claramente el peligro de multiplicar una mentira vendida como verdad, solo porque las fuentes del algoritmo así lo patenten. Por ello, el tratamiento de esta herramienta no debe ser sancionador. Llegó para quedarse. Debe ser, ante todo, pedagógico: fomentar un empleo consciente y cauteloso, porque como muchas realidades del ciberespacio, la IA llega cargada de sesgos, a menudo envueltos en la ficción de una verdad absoluta. Ella no nació para quedarse callada; dará respuestas siempre, aunque estas incluyan las «alucinaciones» que su algoritmo pueda generar.
En este contexto, la tarea primordial es incentivar el razonamiento humano, la lógica y la crítica. Reivindicar el valor de la «ignorancia natural», ese punto de partida genuino para la indagación, se vuelve necesario en tiempos de tanta inteligencia artificial. La pregunta, entonces, no debe centrarse en cómo evitar una tarea mecánica, sino en cómo diseñar una que desactive el «copiar y pegar» y provoque un análisis proactivo.
Se trata de dejar en evidencia que el bot, aunque útil, no conoce en sentido humano: no sabe cómo palpitan determinados sentimientos, no puede sustituir la conexión con autores, contextos locales o procesos y experiencias. La creatividad pedagógica hará menos mecánicas y reproductivas las respuestas que recibamos.
Para ir un paso adelante, buscar primero lo que orientamos buscar, anticipando los atajos, puede ser un primer paso. El desafío final es provocar al «escaramujo preguntón» que cada estudiante lleva dentro, fomentando esa curiosidad que no se conforma con la primera respuesta, sino que insiste, como en la canción, en venir a preguntar.