Cyrano de Bergerac, el padre de la ciencia ficción
La mayoría conocemos a Cyrano de Bergerac como el trágico héroe de la obra de Edmond Rostand de 1897, como ese poeta enamorado que, acomplejado por su nariz descomunal, escribía en secreto las cartas que otro entregaba a su amada Roxane. Pero el Cyrano real (1619-1655) resulta, si cabe, una figura aún más fascinante, cuya pasión por la libertad de pensamiento igualaba la devoción de su doble ficticio por una mujer.
Hercule-Savinien de Cyrano pasó buena parte de su primera infancia en Bergerac, una pequeña finca del valle del Yvette, cerca de París (no debe confundirse con la famosa villa vinícola de Gascuña). Su amistad de infancia con Henri Le Bret, compañero de pupitre bajo la tutela del cura del pueblo y se convertiría en amigo de toda la vida, editor póstumo de sus obras y artífice de su memoria. Describe a Cyrano como un niño incansablemente entregado al estudio, así que podemos imaginarlo con su nariz prominente metida en los libros, aunque no necesariamente en los que debía leer. Creció entre establos, huertos y arboledas, rodeado por la naturaleza que más tarde alimentaría su imaginación desbordante.
Esta vida bucólica terminó pronto. Su padre abogado quería que recibiera una educación formal en la ciudad y lo envió de vuelta a París, donde tuvo como maestro a Jean Grangier, un pedagogo autoritario y pedante al que detestó con toda su alma. Años después se cobraría la revancha al inmortalizarlo como el ridículo protagonista de su comedia «El pedante engañado» (1654). En 1638, adoptó el apellido Bergerac, correspondiente a las tierras que su abuelo compró al enriquecerse con su negocio de pescadería.
Cyrano nunca terminó sus estudios. A los diecinueve años se alistó y sirvió en las campañas de 1639-1640. Aquí comienza a perfilarse la figura legendaria. Le Bret –su hagiógrafo personal– asegura que Cyrano libró una docena de duelos antes de cumplir los veinte y que en cierta ocasión se enfrentó él solo a cien enemigos. Exageraciones aparte, fue un espadachín formidable de ingenio mordaz y temperamento volcánico. Su nariz imponente no era invención alguna, y él mismo la convirtió en arma satírica, bromeando con que lo precedía un cuarto de hora adondequiera que fuese.
En 1640, mientras las tropas francesas sitiaban a los defensores españoles en Arras, una grave herida en el cuello puso fin a su carrera militar. Irónico detalle: Cyrano luchó junto al barón Christian de Neuvillette, quien más tarde se casaría con una prima suya. Esta prima real inspiró a la legendaria Roxane de Rostand, aunque el triángulo amoroso fue enteramente ficticio.
Género fantástico
Con su carrera militar truncada, Cyrano encontró un nuevo mentor. Pierre Gassendi, sacerdote católico, matemático y pensador considerado peligrosamente transgresor. Gassendi intentaba reconciliar el atomismo antiguo con el cristianismo, y bajo su influencia Cyrano se convirtió en un «libertino», término que entonces designaba no al libertinaje sexual, sino al libre pensamiento filosófico. Cultivó todos los géneros literarios, tragedia, comedia, epístola, sátira política y ficción fantástica. Cuestionaba abiertamente la utilidad del concepto tradicional de Dios y defendía la teoría copernicana de que el Sol ocupaba el centro del cosmos: ideas mortalmente peligrosas en la Francia del siglo XVII, donde la blasfemia se pagaba cara. No es casualidad que Le Bret censurase prudentemente las obras que publicó tras la muerte de su amigo.
La contribución más perdurable de Cyrano corresponde precisamente a ese género fantástico. Dos de sus novelas se reconocen hoy como piedras fundacionales de la ciencia ficción, «El otro mundo» (publicada póstumamente en 1657) y «Los estados e imperios del Sol» (1662).
En la primera, el protagonista intenta alcanzar la Luna mediante cohetes de fuegos artificiales y descubre allí extraterrestres cuadrúpedos. nada menos que la primera descripción literaria de un vuelo espacial propulsado por cohetes. Cyrano describe un sistema de propulsión por etapas no muy distinto del que llevaría al Apolo 11 a la Luna tres siglos después. Su proto-ciencia ficción contribuyó a inspirar «Los viajes de Gulliver» de Jonathan Swift y los cuentos filosóficos de Voltaire.
El final de Cyrano sigue envuelto en misterio. En 1654, una viga de madera le cayó en la cabeza cuando entraba en casa de su mecenas. Si fue un accidente o un atentado de los enemigos que se había granjeado con sus sátiras, nadie lo sabe. Murió al año siguiente, con treinta y seis años. El misterio alrededor de su muerte es tan enigmático como su nariz era evidente, pero lo que es seguro es que el Cyrano real no necesitaba escribir cartas de amor por otro: estaba demasiado ocupado escribiendo el futuro.