Cuando la voluntad se impone
Cada fin de semana los jóvenes cubanos, indistintamente, participan en labores productivas que aportan de forma decisiva al país. Es un trabajo donde la voluntariedad y el deseo pesa más que cualquier factor externo.
Este fin de semana, por ejemplo, un grupo de muchachos llegó hasta el polo productivo El Roble, una extensión de seis hectáreas de tierras ubicada en La Habana que ha dejado atrás más de una década de completo abandono para renacer como uno de los organopónicos en proceso de recuperación más significativos de la ciudad.
El espacio, que llevaba sin explotarse más de 13 años, estaba dominado por el marabú, lo que representaba un «intenso proceso de chapea, guataquea y una batalla fuerte contra la maleza», según relata Andrianis Anielo de la Nuez Gutiérrez, director del organopónico de El Roble.
La primera fase de recuperación comenzó en octubre de 2025. Desde entonces este lugar ha trascendido el ámbito institucional para convertirse en un proyecto con marcada participación social. Hace dos sábados que jóvenes de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM) y de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) de Ciencias Médicas de La Habana se incorporaron a las labores productivas y de recuperación como parte del movimiento juvenil Mis manos por Cuba.
De momento, su contribución se centra en el llenado de abono orgánico a los canteros, una tarea esencial para preparar los bancos de cultivo. A cada instante —durante las jornadas— se les puede ver a los muchachos lo mismo con una guataca, que cortando marabú o con las manos cubiertas de tierra.
Saben que su modesto esfuerzo hoy también señala un camino para Cuba: hacer cada cual y aportarle a la nación desde el espacio que le corresponda. Lo creen firmemente jóvenes como Jessica, que vino por primera ocasión a El Roble y dejó su marca allí.
Uno de los logros técnicos más importantes hasta el momento ha sido la recuperación del sistema de abastecimiento de agua, una de las principales afectaciones. Además, se reparó y puso en funcionamiento una línea de siete kilómetros que transporta el vital líquido desde la presa La Palma hasta el organopónico. Este avance es fundamental para el nuevo diseño del sitio, asegura Anielo de la Nuez Gutiérrez, pues evolucionó de su concepción original como hidropónico a un modelo de organopónico con sistema de riego por goteo más sostenible y eficiente.
Con este reimpulso, el polo productivo El Roble no solo busca convertirse en una fuente estable de alimentos para la ciudad, sino también en un símbolo del trabajo integrado entre empresas, el sector agrícola y las nuevas generaciones.