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Descarado acto de acoso extraterritorial

En la víspera de un paro nacional histórico organizado por el pueblo de Estados Unidos —una respuesta contundente a los crecientes ataques contra las comunidades inmigrantes, los derechos laborales y las libertades democráticas— recibimos con indignación, aunque no con sorpresa, la noticia proveniente de Washington. La última orden ejecutiva de Donald Trump, con fecha 29 de enero de 2026, declara a Cuba una «amenaza nacional» y desencadena una escalada sin precedentes que castiga a cualquier nación del mundo que se atreva a vender o regalar petróleo a la Isla.

Esta no es una política nueva, sino la intensificación de una campaña de agresión económica de 67 años. No es casualidad que mientras la gente en Estados Unidos se moviliza para defender sus comunidades, el pueblo de Cuba se congregue en las calles de La Habana para denunciar precisamente este acto de crueldad. Nuestras luchas, separadas solo por 90 millas, están unidas por un adversario común y un destino compartido.

La orden ejecutiva convierte en arma todo el poder del sistema financiero y arancelario estadounidense en un descarado acto de acoso extraterritorial. Su objetivo declarado, enmarcado en el lenguaje hueco de la «solidaridad» y las «medidas necesarias», es una mentira. La verdadera intención es clara: provocar un nivel de miseria tan profundo que conduzca al malestar social y al derrocamiento del Gobierno cubano.

Es el plan de Washington, mediante sus apagones provocados, el transporte paralizado y la falta de acceso a los materiales más básicos y necesarios, que el pueblo cubano actúe en contra de sus propios intereses y su soberanía. Esto es terrorismo económico sancionado por el Estado, un cálculo frío que trata a millones de civiles cubanos como daños colaterales aceptables en un implacable proyecto bipartidista de cambio de régimen. Esta resurrección de la presión máxima exige un examen crítico, no del Gobierno cubano, sino de la profunda quiebra moral de Estados Unidos. ¿Cómo puede un Gobierno reclamar legitimidad o superioridad moral alguna en sus acciones en el extranjero cuando sistemáticamente trabaja para privar a su propio pueblo de salud, vivienda, educación, desarrollo económico y paz?

La administración estadounidense, enfrentada a la disidencia interna y a una legitimidad que se erosiona, busca un chivo expiatorio familiar. Revive el gastado espectro de una «amenaza nacional» a 90 millas de distancia para distraer de las crisis que aviva en casa: la militarización de nuestras comunidades, el desmantelamientolos servicios públicos y la concentración del poder en manos de una minoría adinerada. La crueldad no es un fallo en el sistema; es la característica central del sistema, aplicada tanto a nivel nacional como global.

La conexión entre nuestras luchas es material, no metafórica. La misma ideología que justifica sanciones brutales contra familias cubanas, alegando que las «liberará», justifica el desmantelamiento de las redes de seguridad social para las familias pobres y de la clase trabajadora en Estados Unidos, alegando que las «liberará» y las mantendrá «seguras». La misma lógica que ve la soberanía de Cuba como un agravio a la hegemonía de Estados Unidos, ve a las comunidades inmigrantes, a los vecindarios negros y morenos, y al movimiento obrero organizado como amenazas internas que hay que controlar y quebrar.

La lucha contra el imperialismo no es solo un asunto de ultramar; es la lucha contra las mismas estructuras de poder que aterrorizan al pueblo en Minnesota, que amenazan el derecho a sindicalizarse en los estados del sur y que separan familias en la frontera entre Estados Unidos y México. El imperio libra una guerra en el extranjero y libra una guerra contra los pobres en casa, con el mismo manual de división, privación y miedo.

Durante décadas, el bloqueo estadounidense ha sido el principal artífice de las dificultades económicas de Cuba, un hecho condenado abrumadoramente por la comunidad internacional año tras año. Sin embargo, la resistencia de Cuba es una lección de dignidad. A pesar del inmenso costo, la Isla ha construido una sociedad que prioriza médicos por sobre bombas, alfabetización universal por sobre la codicia corporativa, y solidaridad médica internacional por sobre la intervención militar.

Comparten todo lo que tienen, enviando médicos a los frentes de batalla del mundo mientras la política estadounidense busca dejarlos en la oscuridad. Esto no es para idealizar los desafíos de Cuba, sino para reconocer que su pueblo defiende un principio: el derecho a la autodeterminación frente al agresor más poderoso de la historia moderna. Por lo tanto, nuestra solidaridad debe ir más allá de las declaraciones de apoyo. Debe convertirse en una parte activa, movilizada e integral de nuestra lucha interna. En cada manifestación por los derechos de los migrantes, por la atención médica, por la justicia, trazamos la línea directa con el imperialismo estadounidense en el extranjero. La lucha para detener a ICE (el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) es la lucha para detener el bloqueo.

Ambas son batallas contra una maquinaria de deshumanización. Debemos continuar desafiando el bloqueo e intensificar nuestra solidaridad. Organicen delegaciones de activistas, sindicalistas, artistas y estudiantes para que vean Cuba por sí mismos, para romper el bloqueo de la información y para traer de vuelta la verdad de la resiliencia y creatividad cubanas.

El pueblo cubano ha resistido durante más de seis décadas. Su resiliencia es un testimonio del espíritu humano. Nuestra tarea, como personas que vivimos dentro de las entrañas de la bestia, es desmantelar la maquinaria desde adentro. El paro nacional demuestra nuestro poder colectivo. Que ese poder se dirija ahora inequívocamente hacia el fin de esta guerra injusta contra Cuba. Que nuestros cánticos por la justicia aquí resuenen con las demandas de levantar el bloqueo allí. Nuestra liberación de la bota de los multimillonarios y los imperialistas estadounidenses está indisolublemente ligada. Su lucha es nuestra lucha. Nuestra victoria, su victoria. Debemos actuar como si lo creyéramos. Mientras la administración Trump intensifica la guerra, ¡nosotros, el pueblo de Estados Unidos, debemos intensificar nuestra solidaridad!

De ayer y de hoy

Fue el 3 de febrero de 1962 cuando Estados Unidos impuso formalmente el bloqueo económico, comercial y financiero a Cuba. En esa fecha, el entonces presidente John F. Kennedy emitió la Proclama 3 447, que decretó un «embargo» total del comercio con nuestro país al amparo de la sección 620 (a) de la Ley de Asistencia Exterior. Se le confirió de esa forma carácter oficial a las acciones económicas agresivas y unilaterales que se venían aplicando contra Cuba desde el triunfo revolucionario.

La principal justificación que usó entonces Estados Unidos para aplicar esta medida fue la relación de Cuba con los países socialistas, lo que supuestamente atentaba contra «los principios del sistema interamericano» y contra la seguridad estadounidense y hemisférica. A lo largo del tiempo, los pretextos han variado, pero los propósitos han sido los mismos.

La definición más exacta de los objetivos reales de la política hacia Cuba ya se había enunciado en el memorando del subsecretario de Estado, Lester D. Mallory, del 6 de abril de 1960: «provocar el desengaño y el desaliento mediante la insatisfacción económica y la penuria (...) debilitar la vida económica negándole a Cuba dinero y suministros con el fin de reducir los salarios nominales y reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno».

Por Claudia de la Cruz, Fundación Interreligiosa para la Organización Comunitaria (IFCO/ Pastores por la Paz)

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