En la memoria de Sevilla siempre habrá una línea que marca una crecida del río. Desde las seis riadas consecutivas de 1895 a la del Tamarguillo de 1961, que cubrió de agua tres cuartas partes de la ciudad y dejó a 30.000 vecinos sin hogar, Sevilla ha vivido múltiples anegaciones. Hoy, el río ya no parece aquel indómito enemigo, aunque nunca hay que bajar la guardia. Sobre todo, ante los cada vez más frecuentes fenómenos atmosféricos extraños que dicen son el preludio de huracanes futuros. Mientras, no es mal momento para evaluar cómo andamos de defensas y, por ejemplo, comprobar si con este episodio histórico de lluvias la dehesa de Tablada es tan vulnerable como dicen y sigue pintada sobre el mapa hidrológico.