Jaime era la clase de persona de la que al principio sospechas: siempre alegre, siempre contento, siempre dispuesto a echar una mano, a regalarte un mueble que admiras en su casa, a cocinar una paella para diez desconocidos en Nueva York, en una paellera que se trajo de Barcelona en la maleta, junto con el arroz, el aceite, las ñoras, sólo porque un día te prometió una paella. Confieso que mi primera reacción cuando me contó que se había traído la paellera fue de incredulidad y que intenté anular el compromiso por todos los medios, anticipando un fiasco: pero él insistió y una noche reuní a amigos y a amigos de amigos en un loft destartalado en Williamsburg para que Jaime cocinara por fin. Y ahí llegó, cargado de comida y vino, cantando una tonada de Cats, su musical favorito (y uno de los que yo más detestaba, habíamos llegado a discutir acaloradamente por eso) y el loft se llenó de olores familiares y ya no recuerdo si el arroz estaba bien o no, pero todo el mundo lo alabó y no quedó ni un grano. Y él se perdió en la noche con el amigo de un amigo y ya no volví a verlo nunca. Al regresar a Barcelona, me enteré por su hijo de su muerte repentina. Jaime era mi vecino, y su hijo se vino a vivir al piso que él ocupaba. Cuesta conectar las imágenes de esa noche con el hecho de que él ya no existiera. Cada vez que me encontraba a su hijo por la escalera, le decía que un día iríamos a comer una paella y le contaría esa noche en Williamsburg donde su padre se ganó el corazón y el estómago de un puñado de americanos que no eran precisamente fáciles de contentar. Su hijo, invariablemente, me decía que cuando yo quisiera, y yo iba posponiendo ese momento, para cuando estuviera más tranquila, un día de estos... Y ese día no llegó nunca porque su hijo decidió quitarse la vida tras una depresión que se vio afectada por la COVID y el aislamiento. Siguen llegando cartas para los dos a mi edificio. A veces las ponen por error en mi buzón y yo pienso en esas dos vidas truncadas y en esa paella que todavía les debo a mis vecinos.