La primera rueda de prensa del ministro de Asuntos Exteriores en ocho meses duró 28 segundos. Ese fue el tiempo que José Manuel Albares concedió a los corresponsales diplomáticos para responder –de forma sumaria– a tres preguntas de indudable interés público. El episodio no es una anécdota: es un síntoma. La rendición de cuentas no se agota en el Parlamento. Forma parte esencial del control democrático comparecer ante los medios, aceptar preguntas y ofrecer explicaciones. Sobre todo cuando en ocho meses el mundo, que es el ámbito del ministro, ha cambiado radicalmente. La política exterior no puede ser un coto reservado a comunicados, vídeos en TikTok o mensajes en redes sociales. Albares ha optado por un modelo de comunicación unidireccional que reproduce el patrón de su jefe, Pedro Sánchez , al frente de un Gobierno crecientemente incómodo con las preguntas. Puede ser que la diplomacia exija discreción, pero la democracia demanda transparencia.