El arte despierta: de la Capilla Sixtina al Prado, renace el asombro
Es bonito descubrir que al mismo tiempo en dos espacios únicos, en dos países diferentes, obras de arte de artistas que no hay palabras para describirlos o calificarlos, empiezan a tener una nueva vida. Hay instantes en los que la historia del arte parece sincronizar sus latidos. No por coincidencia casual, sino por una conciencia compartida: la de preservar aquello que define la memoria cultural de la humanidad. En este comienzo de 2026, dos intervenciones separadas por más de mil kilómetros y por un siglo de distancia en su creación original unen simbólicamente al Vaticano y a Madrid. Por un lado, la manutención extraordinaria del Juicio Universal de Miguel Ángel en la Capilla Sistina y por otro, la restauración de la pintura de Pablo de Valladolid de Velázquez en el Museo del Prado. Dos obras maestras, dos gigantes de la pintura y una misma voluntad contemporánea: devolver luz a lo eterno.
En la Capilla Sistina, en la Ciudad del Vaticano, ha comenzado una intervención de limpieza sin precedentes recientes sobre el monumental Juicio Universal de Miguel Ángel Buonarroti. Durante aproximadamente tres meses, restauradores especializados trabajarán tras un velo impreso en alta definición que reproduce la propia imagen del fresco, permitiendo que la capilla permanezca abierta a fieles y visitantes. La operación responde a la aparición de una veladura blanquecina producida por micro partículas suspendidas en el aire que, con el paso del tiempo, habían atenuado los contrastes y uniformado los colores originales. No se trata de una restauración integral como la realizada a finales del siglo XX, sino de una manutención extraordinaria que busca recuperar la intensidad cromática y la profundidad lumínica concebidas por el artista. Pintado entre 1536 y 1541 por encargo papal, el fresco —casi 180 metros cuadrados y cerca de cuatrocientas figuras— sigue siendo uno de los manifiestos visuales más poderosos de la cultura occidental. Cada intervención técnica es, en realidad, un acto de diálogo con la historia: una forma de renovar el asombro que ya describió Vasari en el siglo XVI. La intervención será posible gracias a la instalación de un andamio que cubre toda la superficie, permitirá la eliminación de estos depósitos y la consiguiente recuperación de la calidad cromática y luminosa deseada por Miguel Ángel, devolviendo plenamente la complejidad formal y expresiva de la obra y renovando, después de aproximadamente treinta años, aquel asombro que acompañó la conclusión de la gran restauración del siglo XX.
Museo del Prado
La emblemática pintura del maestro sevillano, Pablo de Valladolid (h. 1635), sale hoy de la sala 15 del Museo del Prado para someterse a un proceso de restauración, con el patrocinio de la Fundación Iberdrola España.
Es uno de los retratos en los que Velázquez llevó más lejos la restricción de recursos pictóricos con el fin de realzar la intensidad y la expresividad de la figura representada.
Tras su visita al Prado, el 1 de septiembre de 1865, el artista Édouard Manet, considerado uno de los padres del Impresionismo, escribió «El fondo desaparece, es realmente aire lo que rodea a ese pobre hombre todo vestido de negro y tan vivo». El análisis técnico de la obra contribuirá al conocimiento del proceso creativo y de su estado de conservación, como paso previo a la intervención de restauración.
El Museo del Prado trasladará el lienzo Pablo de Valladolid de Velázquez, al taller de restauración para iniciar su análisis técnico y posterior intervención,
El retrato
Entre los retratos más singulares de Diego Velázquez destacan los dedicados a los bufones y hombres de placer de la corte de Felipe IV, un grupo de obras en el que el pintor alcanzó algunas de sus soluciones más audaces. Uno de los ejemplos más extraordinarios es el retrato de Pablo de Valladolid, personaje documentado al servicio de la Corte entre 1632 y 1648 cuya función respondería a sus dotes interpretativas o a su carácter burlesco.
Velázquez lo retrata como una figura aislada, firmemente asentada en un espacio indefinido, construido únicamente mediante la sombra que proyecta su cuerpo. Esta radical simplificación del escenario, sin precedentes claros en la pintura de la época, convierte la obra en un auténtico ejercicio de innovación artística. El fondo neutro concentra toda la atención en el gesto del personaje, captado en una actitud que se ha interpretado como declamatoria. La pintura está realizada con una mezcla de seguridad y soltura propias del estilo maduro de Velázquez, y el análisis estilístico permite fecharla entre 1632 y 1635, durante los primeros años del artista al servicio de la Corte.
Édouard Manet calificó esta obra como la mejor de todas las pinturas, en una especie de epifanía artística que cambió el rumbo del arte moderno. Manet había viajado a España buscando escapar de las duras críticas que recibía en París y al llegar al Museo del Prado, quedó absolutamente deslumbrado por la técnica de Velázquez, a quien bautizó como el "pintor de pintores".
Lo que más impactó al precursor del Impresionismo fue la ausencia de fondo en la obra de Velázquez, quien situó al personaje en un espacio indeterminado, sin línea de horizonte, sin muebles y sin una habitación definida. Solo las sombras a los pies del personaje sugieren el suelo. En una famosa carta enviada a su amigo, el pintor Henri Fantin- Latour, Manet escribió: "Es quizá el trozo de pintura más asombroso que se haya hecho jamás... El fondo desaparece; es aire lo que rodea al hombre, vestido todo de negro y lleno de vida."