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Los gigantes de piedra y los buscadores de tesoros: secretos del Neolítico asturiano

La fase del Neolítico en esta región no fue un cambio repentino, sino una transición llena de matices curiosos, como demuestran algunos hallazgos

Las casas de este pequeño pueblo asturiano se comunican gracias a túneles y pasadizos

Hallan en Castellón un yacimiento que cambia lo que sabíamos sobre el Neolítico

Cuando uno imagina la Prehistoria, nuestra mente suele viajar a las profundidades de las cavernas pintadas o a los refugios de los últimos neandertales. Pero ocurre que en Asturias, bajo la espesa capa de vegetación y la sierra se esconde un capítulo fascinante donde el ser humano decidió, por primera vez, marcar el paisaje para siempre. El Neolítico en esta región no fue un cambio repentino, sino una transición llena de matices curiosos, como demuestran los hallazgos en la Sierra Plana de la Borbolla, en Llanes. Allí, en una de las concentraciones de arquitectura prehistórica más densas del Cantábrico, los arqueólogos han dado con una paradoja tecnológica: la aparición de los característicos “picos asturienses”, herramientas rudimentarias de cuarcita típicas de los últimos cazadores-recolectores costeros, integrados dentro de los ajuares de los monumentos megalíticos construidos por los primeros campesinos. 

Este detalle sugiere que las viejas tradiciones no murieron de golpe, sino que convivieron o fueron reutilizadas ritualmente por los nuevos 'arquitectos' de la piedra. Precisamente en este enclave de Asturias las investigaciones modernas han sacado a la luz secretos que permanecían invisibles bajo toneladas de tierra y piedra. Durante la excavación del túmulo conocido como SV29, los investigadores se llevaron una sorpresa al levantar la masa tumular: bajo el monumento funerario, erigido en el cuarto milenio antes de Cristo, aparecieron huellas de una actividad previa desconcertante. El georradar y la excavación revelaron anomalías lineales y zanjas en forma de arco que habían sido selladas por la construcción del dolmen, sugiriendo la existencia de estructuras o rituales previos a la monumentalización de la muerte, un indicio de que estos lugares fueron sagrados o importantes para la comunidad mucho antes de colocar la primera piedra.

Sin embargo, no todos los tesoros del Neolítico asturiano se encuentran cerca del mar. El interior de la región guarda historias de descubrimientos fortuitos y reencuentros emocionantes. Es el caso de la necrópolis de La Campa L’Españal, en San Martín del Rey Aurelio, un conjunto que había sido identificado en los años 70 por el prolífico investigador José Manuel González, pero que el paso del tiempo y la maleza se encargaron de borrar de la memoria colectiva. No fue hasta octubre de 2015, durante unas actuaciones forestales rutinarias promovidas por el ayuntamiento, cuando la maquinaria volvió a toparse con la historia, permitiendo identificar un túmulo inédito que había pasado desapercibido incluso para los primeros catalogadores, rescatando así del olvido una necrópolis que se creía perdida.

Lo que hizo especial a este hallazgo de L’Españal no fue su tamaño, sino un detalle constructivo que nos habla de los gestos fundacionales de estas sociedades. En el centro exacto de la masa tumular, los arqueólogos localizaron un hoyo de poste, una huella en negativo de un antiguo madero clavado verticalmente. Este elemento, respetado por las fases constructivas posteriores del monumento, podría interpretarse no solo como una guía técnica para la obra, sino como un elemento ritual, un “tótem” fundacional alrededor del cual se organizó el espacio de la muerte y la memoria de aquella comunidad hace más de cinco mil años.

Estas construcciones no eran meros depósitos de cadáveres, sino que funcionaban como hitos que reclamaban la propiedad de un territorio que estaba siendo transformado radicalmente. Los análisis de polen realizados en el entorno de estos monumentos, como en el propio túmulo de L’Españal, nos cuentan una historia de fuego y hachas: la reducción de la cobertura arbórea y la presencia de microfósiles carbonícolas revelan cómo aquella población utilizó el fuego para abrir claros en el bosque, creando los primeros pastos y zonas de cultivo que cambiarían la fisonomía de Asturias para siempre.

Viajando hacia el occidente, en el concejo de Salas, nos encontramos con el dolmen de La Cobertoria, un monumento que encierra una de las anécdotas más tristes y a la vez reveladoras sobre la relación entre el folclore y la arqueología. Este megalito, situado en la Campa de San Juan a casi 750 metros de altitud, siempre estuvo envuelto en un halo de misterio alimentado por las leyendas locales. La tradición oral fue tan fuerte que, a mediados del siglo XX, un buscador de tesoros, convencido de que las piedras custodiaban oro, decidió dinamitar la estructura, volando por los aires la techumbre y removiendo las paredes de la cámara funeraria, un acto de expolio que, paradójicamente, confirmó la naturaleza artificial y hueca del montículo.

A pesar de la destrucción causada por la dinamita, las investigaciones recientes impulsadas por la Fundación Valdés-Salas han logrado rescatar información valiosa sobre la sofisticación de sus constructores. Lejos de conformarse con los materiales inmediatos, los neolíticos que levantaron La Cobertoria realizaron un esfuerzo estético y simbólico notable al sellar los niveles orgánicos del suelo con una masa de barros rojizos. Lo sorprendente es que estos barros no estaban allí por casualidad: los análisis geológicos demostraron que fueron traídos intencionadamente desde un afloramiento de magnesita en Valderrodero, situado a unos 600 metros de distancia, buscando específicamente ese color y textura para preparar el terreno sagrado.

La ubicación de estos monumentos tampoco era aleatoria, respondiendo a una compleja geografía sagrada y territorial. El dolmen de La Cobertoria, por ejemplo, parece excéntrico respecto a la llanura de la sierra, situándose en una ladera, lo que podría interpretarse como una marca de delimitación visual en el paisaje serrano. Esta disposición recuerda a otros grandes hitos del Neolítico asturiano, como los de la Sierra del Aramo, donde los túmulos jalonan las vías de paso y los pastos de altura, demostrando que el dominio de las cumbres fue una prioridad para estas primeras sociedades ganaderas.

Curiosamente, la conexión entre estos grupos dispersos por la geografía asturiana se puede rastrear a través de los objetos que portaban. Un elemento recurrente en los yacimientos de la época, tanto en cuevas como en contextos al aire libre, es el sílex de Piloña. Esta materia prima, de excelente calidad para la talla, aflora en la zona centro-oriental de Asturias, pero ha aparecido en yacimientos muy alejados de su origen. Su presencia en contextos neolíticos confirma la existencia de redes de intercambio y movilidad que unían a las distintas comunidades a través de valles y montañas, transportando no solo piedras.

No obstante, la investigación de este periodo se enfrenta a desafíos constantes, como la dificultad de diferenciar los suelos de ocupación debido a las características geológicas del terreno. En lugares como el castro de Pendia, aunque de cronología posterior, se ha observado cómo los suelos ricos en componentes ferruginosos complican la lectura estratigráfica, un problema común en la arqueología asturiana que requiere una minuciosa atención a los cambios de coloración y textura de la tierra para no perder información vital sobre las fases constructivas.

Cerámica y fauna

A veces, el Neolítico aparece donde menos se lo espera, oculto bajo capas de historia posterior o en lugares reocupados una y otra vez. En la cueva de El Alloru, en Llanes, se documentaron niveles con cerámicas a mano y restos de fauna que indican un uso continuado o recurrente del espacio desde el Mesolítico hasta la Prehistoria Reciente. Lo fascinante es cómo, en ocasiones, las herramientas de piedra de tradición antigua aparecen mezcladas en niveles superiores debido a la remoción de tierras, creando rompecabezas que los arqueólogos deben resolver para distinguir entre la habitación de un cazador y la de un pastor.

En definitiva, el Neolítico en Asturias es mucho más que piedras grandes colocadas en mitad del monte. Es la historia de los primeros 'ingenieros' del paisaje que traían arcillas rojas de lejos para decorar sus tumbas, de comunidades que desbrozaron los bosques milenarios y de lugares tan cargados de memoria que, milenios después, seguían siendo objeto de leyendas y de la codicia de buscadores de tesoros. Cada túmulo excavado, desde la Sierra Plana de la Borbolla hasta los altos de Salas, nos devuelve un fragmento de la vida y la muerte de aquellos antepasados que, por primera vez, decidieron escribir su historia sobre la tierra.

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