Alguien ha observado en estos días, con agudeza innegable –y algo trágica–, que una labor de mantenimiento no se puede inaugurar. Tampoco puede el político, en consecuencia, hacerse la foto correspondiente, que sus asesores o él mismo –o ella misma–colgarán en las redes sociales. Y, sin embargo, en los países antiguos, que gozan de cierto bienestar y disponen de infraestructuras desde hace tiempo, es en esa labor casi invisible, poco agradecida y apenas vendible a corto plazo donde está el secreto del éxito o, por decirlo de otra manera, el antídoto contra el fracaso y en el peor escenario contra la catástrofe. Hace tiempo, como invita a pensar la carta de la semana, que lo del relato se nos ha...
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