Los libros de la semana: Un festín de literatura pura entre la nieve, por Luis Landero
«Coloquio de invierno», de Luis Landero 9/10
Luis Landero: un festín de literatura pura entre la nieve
Por Jesús Ferrer
Uno de los más universales libros clásicos es «Las mil y una noches», recopilación en lengua árabe de cuentos tradicionales de Oriente Próximo. El hilo argumental que los agrupa narra la historia de un sultán que, contrariado por una infidelidad amorosa, se casaba diariamente con una mujer a la que mandaba matar a la mañana siguiente. Scheherezade desafiará esta cruel costumbre al sobrevivir día a día contando cada noche a su esposo un cuento, o una sucesión de apasionantes historias de intrigante continuidad. Esta técnica responde al recurso del «relato enmarcado», un conjunto de narraciones que se suceden o yuxtaponen en un entramado argumental que las unifica. «El Quijote» es una buena muestra de ello, porque en él se dan cuatro relatos intercalados en el conjunto de la obra: la historia de Marcela y Grisóstomo, de clara temática pastoril; las vicisitudes de «El curioso impertinente», una intriga sentimental; los amores de «Cardenio y Dorotea»; y la historia del capitán cautivo, buen ejemplo de novela morisca. Este recurso multiplica las posibilidades de la ficción narrativa, amplía los puntos de vista argumentales e intensifica la amenidad del relato. Dicha modalidad literaria es la que emplea Luis Landero en este libro, incidiendo en su característico estilo narrativo: irónica mirada sobre la actualidad, personajes de arraigado perfil tolerante, historias de emotiva conflictividad y una rigurosa prosa clásica. A causa de la tormenta de nieve «Filomena» varios personajes quedan aislados en un hotel rural. Viviendo un tiempo forzadamente detenido, y para entretenerse irán contando historias reales o inventadas en lo que supone aquí una apología del viejo arte de la narrativa oral.Con el declarado referente del «Decamerón» de Boccaccio, los huéspedes adquieren una complicidad basada en su imaginativa habilidad verbal con relatos que intercalan en el curso de extensas sobremesas. La condición profesional de cada uno marca su particular identidad y su decantación retórica: Tomás Guerrero, periodista, taxativo y sintético; Nuria Soler, profesora de Filosofía, de analítica expresividad; el comandante de Caballería Víctor Marín, partidario de la narrativa lineal y realista; el médico Santos León, sensato y ponderado; Ginés Orozco, jubilado de su empleo en ferrocarriles, de fecunda inventiva, aunque muy aprensivo sobre su salud; y la librera Adela Pastor, entre otros. Todos aceptan, incluso jocosamente, la atribulada situación en que se hallan, como le dice esta última a su amiga Nuria Soler: «Hazte a la idea de que hemos muerto, de que hemos sido juzgados y de que este es nuestro castigo o nuestro premio eterno: estar aquí sentados viendo nevar hasta el fin de los tiempos». Se adentran así en una vida paralela, hecha de las ficciones que se cuentan entre sí, alejados de sus experiencias cotidianas, concluyendo en que es «todo absurdo y a la vez todo lógico». De este modo literaturizan la realidad, como un decisivo formante vital; a este respecto el periodista formula: «Trabajar, comer, procrear y contar. Habrá más necesidades, pero pocas tan apremiantes como esas cuatro». Calculadas digresiones, intrigantes planteamientos argumentales, jugosas situaciones anecdóticas y un irrenunciable humor jalonan este festín de pura literatura. La novela emparenta con la fábula moral, el apólogo clásico y la parábola festiva, teniendo como norte el aprendizaje de la vida, el sentido de la actividad artística, el poder de las palabras y la fuerza del amor.
Forzada reclusión
Pasa el tiempo y llega la hora de las despedidas, liberándose todos de su forzada reclusión, dejando atrás una atmósfera de ficciones, una pausa en sus habituales quehaceres: «Puestos en pie, mezclándose entre ellos, hablando todos con todos, recogen el equipaje y se dirigen a la puerta, sin prisas, prolongando las despedidas, dejando tras
de sí un rumor de palabras cada vez más borroso». En la obra, con la que su autor confirma una vez más su condición de clásico contemporáneo, el lector queda atrapado en la expectante continuidad de esas interrumpidas historias, entrecruzadas en el marco de un genial coloquio literario. Si aquellos «Diálogos» platónicos orientaban filosóficamente y la inolvidable obra de Boccaccio deleitaba con divertidas peripecias, el libro de Landero se erige en una entrañable y artística lección de vida.
- Lo mejor: El emotivo y rendido homenaje que el escritor dedica esta vez al viejo arte de la narrativa oral
- Lo peor: Nada negativo que objetar, es una obra de elaborada estructura y clásica configuración estilística
«Después de Eternidad», de Maxim Ósipov 7/10
Un retrato de la Rusia de Putin entre la ironía y la compasión
Por Toni Montesinos
En «Después de Eternidad» (traducción de Alejandro Ariel González), el tercer tomo de cuentos que Libros del Asteoride publica a Maxim Ósipov (Moscú, 1963, aunque está exiliado en Alemania desde el estallido de la guerra de Ucrania) , converge una arquitectura narrativa que articula literatura, memoria y testimonio. El punto de partida es, al modo de Paul Auster, un cuaderno olvidado en la consulta de un médico escrito por un anciano enfermo, Alexandr Ivánovich, antiguo director literario de un teatro situado en Eternidad, un asentamiento minero colindante con el Círculo Polar Ártico. A partir de ese hallazgo se despliegan una serie de relatos que avanzan desde la intimidad de lo cotidiano hacia una interrogación más amplia sobre la historia reciente rusa.
Material sensible
El inicio fija el tono metaliterario y de espejo de la realidad de un país siempre con trasfondos turbios; así, el narrador, médico –el autor lo es–, en el prefacio, fechado en Tarusa, pueblo en que se instaló el escritor para trabajar en un hospital, afirma: «La medicina es un asunto serio, no una ventanilla de atención al cliente. Y todas esas pensiones son pura corrupción. ¿Qué pasa, es que no saben a quién hay que sobornar?». Esa distancia cínica permite que la figura de Ivánovich se construya por gestos y palabras: su «dignidad en el tono», su serenidad ante el diagnóstico, su pasado teatral. Ósipov trabaja con materiales frágiles: cuadernos, notas, recuerdos incompletos, rumores administrativos, como si heredara el tópico del subsuelo de Dostoievski. La desaparición del anciano y la imposibilidad de verificar ciertos hechos, como el bombardeo de la Casa de la Cultura, colocan al lector en una zona entre lo documental y lo ficticio, que es fecunda en el terreno literario eslavo, más cuando Ósipov pone entre bambalinas el ocaso de la URSS.
- Lo mejor: En estas historias se capta bien lo que el autor ha pretendido hacer: ofrecer un mosaico de la sociedad rusa contemporánea
- Lo peor: El conjunto de dichas narraciones es algo irregular y, en ocasiones, lo cotidiano que se presenta puede ser insustancial
«Las horas secretas», de Mick Herron 8/10
Mick Herron, el maestro del espionaje que parodia a Le Carré
Por Lluís Fernández
Es ocioso presentar a Mick Herron, conocido por la saga de novelas «Caballos lentos», convertida en exitosa serie televisiva con Gary Oldman como el irreverente, maleducado y flatulento espía Jackson Lamb, director de «La casa de la ciénaga». Lugar donde van a parar cuantos espías padecen traumas, adiciones y graves problemas personales que los invalidan para el trabajo de campo. Ni que decir tiene que, debido a este éxito merecido, «Las horas secretas» amplía ese mundo creado por Mick Herron con su cínico sentido del humor y el despelleje del funcionariado tanto del Ministerio de Interior como su opuesto, el MI5, ubicado en un imaginario Regents Park. Un mundo ficticio que parodia la obra de John le Carré. Literariamente, Herron es más divertido y pone patas arriba ese mundo subvirtiéndolo con unos espías tan ineptos como los jefes y políticos que manejan el espionaje británico.
Ese hombre de pelo rojizo
Los denigra tanto como al Gobierno, comenzando por ese primer ministro rubicundo, de pelo rubio pajizo, que montó una fiesta durante el Covid y fue expulsado del 10 de Downing Street a puntapiés. Así se lo describe: «Sparrow resultó ser uno de los mejores ejemplos de los peligros de creerse inmune a la opinión pública». Este «roman à clef» incluye referencias veladas a políticos ingleses, algunos detectables, otros en exceso locales, que apenas inciden en el desarrollo de la acción. Con «Las horas secretas», Herron amplía el microcosmos de los Caballos Lentos con alusiones intertextuales y metaliterarias a las novelas del mencionado Le Carré. La prosa de ambos es igual de farragosa y laberíntica. Pero vence Herron, que es más divertido y trufa el relato de destellos brillantes. Porque Mick Herron es algo jevi cuando se gusta en exceso, pero no deja de ser un narrador de altura.
Lo mejor: Reflexiones como esta: «Oía el rumor de sus maltrechas ambiciones, que rodaban como basura en un descampado»
Lo peor: La prosa farragosa, laberíntica y densa que emborrona las genialidades estilísticas y narrativas de la novela»