Tomates de sangre: Cómo una fruta consiguió provocar tiroteos, detenciones y contrabando interestatal
Existe una sana competición entre Nigeria y Ghana por demostrar dónde se concina mejor el arroz “jollof”. Consistente en arroz cocinado con salsa de tomate, cebolla y pimientos, además del obligado picante, se considera plato nacional en Nigeria y en Ghana. Vaya donde vaya uno en cualquiera de estos países, puestos callejeros, restaurantes serios, podrá pedir arroz jollof para acompañar el pollo que también es de rigor. El arroz jollof, para entenderlo mejor, es como la paella valenciana para los españoles. Para su preparación es necesario arroz, tomate, cebolla, pimientos y picante.
El tomate. Una fruta disfrazada de verdura roja, redonda, brillante y repleta de sabor. Algo, en apariencia, inocente, pero que ha provocado a lo largo de los años una trama secundaria en Ghana y Burkina Faso que incluye a bandidos, tiroteos, tensiones diplomáticas, arrestos y discursos soberanistas.
Una industrialización fallida
La cuestión es que Ghana necesita, porque su gastronomía lo exige, enormes cantidades diarias de tomate procesado. Según los datos más recientes ofrecidos por el Ghana Exim Bank, el país africano demanda alrededor de 800.000 toneladas anuales, unos 22 kilos anuales por persona. Junto con los nigerianos, los ghaneses son los mayores consumidores de tomate per cápita de África Occidental. Durante el siglo pasado, entre el periodo de las independencias y la década de 1990, desde Ghana se impulsaron una serie de iniciativas dirigidas a producir concentrado de tomate dentro de sus fronteras, para sortear los elevados precios que acompañaban a las importaciones.
La idea era excelente: comprar tomates a productores locales, transformarlo en pasta, sustituir las importaciones y, en definitiva, conseguir subir varios escalones en la soberanía alimentaria de Ghana. Pero el resultado fue un desastre. Primero, el suministro de tomates, manejado por pequeños vendedores, fue en extremo irregular, lo que afectó directamente a la producción de fábrica. Se sumaron las restricciones energéticas del país y una gestión pública en extremo politizada. Pero el golpe de gracia vino con el tipo de tomate que se cultiva en Ghana. Era demasiado acuoso. Falto de sustancia. Y los procesados no poseían la densidad requerida para una pasta de tomate. Fue el fin de aquella aventura.
Así entró China en el juego. Mientras Ghana cerraba fábricas por sus deficiencias internas, el gigante asiático perfeccionaba una industria del tomate basada en variedades diseñadas para el procesado, con costes laborales muy bajos y una capacidad de producción que no conocía estaciones. A partir de los años noventa, toneladas de concentrado de tomate chino comenzaron a llegar a África Occidental en forma de latas baratas, estables y siempre disponibles.
Muchas de ellas ni siquiera aparecían como “chinas”: el concentrado se exportaba a granel y se envasaba bajo marcas europeas, a menudo italianas, que evocaban la tradición mediterránea. Para el consumidor ghanés, el dilema era inexistente: patriotismo hambriento o comida asequible. La pasta china ganó, y hundió en el proceso cualquier intento posterior de resucitar la industria local del tomate.
En los años siguientes, Ghana ha obtenido la pasta de tomate de China, y los tomates densos, frescos y tan adecuados para la elaboración de salsas, de Burkina Faso. Porque Burkina Faso es un excelente productor de tomates (que también consume su población local, como es evidente). Hasta 2022, esta era la dinámica.
Las fábricas de tomate de Ibrahim Traoré
Pero ocurrió algo en 2022: el capitán Ibrahim Traoré ascendió al poder. Este militar de la rama de artillería se ha convertido de una forma innegable en el nuevo símbolo de una nueva clase de panafricanismo, un “panafricanismo de uniforme”, cuyo relato se asienta en tres bases distinguibles: soberanía efectiva, nueva búsqueda de socios internacionales y el rechazo directo a Europa, con especial recelo hacia Francia, la ex potencia colonial. Traoré, habrá que repetirlo, ha convertido la soberanía de Burkina Faso en el pilar de su discurso. Una soberanía sostenida por medio de las armas, sí, pero también por medio del tomate.
Si Mali, que sigue una dinámica política muy similar, ha apostado por la apertura de fábricas textiles donde procesar su algodón, en Burkina Faso han optado por el procesamiento de tomates. Bobo-Dioulasso (capital económica del país) fue la sede de la primera planta de procesado de tomate inaugurada formalmente, el 30 de noviembre de 2024. Poco después, en diciembre de 2024, el presidente Ibrahim Traoré inauguró en Pognongo, en el departamento de Yako (norte del país) otra planta de la Société Faso Tomates (SOFATO). Esta instalación, con una inversión de unos 8,9 millones de dólares (US$), tiene capacidad para procesar cerca de 5 toneladas de tomate por hora hacia pasta y productos derivados, y comenzó a planear su comercialización a comienzos de 2025.
En palabras del presidente burkinés, “el desarrollo endógeno es una doctrina. Todos debemos abrazarlo. Solo podemos desarrollarnos nosotros mismos”. Resultado: Burkina Faso reduce a mínimos su importación de tomates a Ghana. Ahora Ghana no tiene el tomate fresco que necesita.
La violencia por los tomates
Lo que abre un nuevo capítulo en esta historia afrutada. El contrabando de tomate burkinés. Este jueves, por ejemplo, el presidente de la Unión de Transportistas de Tomate y Cebolla confirmó que al menos diez camiones ghaneses habían sido interceptados en un puesto de control mientras se dirigía a Ghana. La mercancía fue requisada por los militares y, probablemente, porque el tomate no espera, echada a perder.
Y ese tipo de interrupciones empuja parte del comercio hacia canales no oficiales: según datos de asociaciones de transportistas de Ghana, entre 20 % y 30 % del tomate fresco que entra en el país en temporada alta lo hace sin pasar por controles aduaneros formales, usando vehículos ligeros o pasos no declarados para evitar demoras y tasas. Esa cifra no es menor: hablamos de decenas de miles de toneladas anuales que cruzan por rutas secundarias, porque incluso unos pocos días de retención pueden significar pérdidas totales para productores y comerciantes.
La criminalidad entra en la ecuación. Primero, por medio de los contrabandistas de tomate que ya operaban antes de la llegada de Traoré al poder. Segundo, por los asaltantes de caminos que centran sus ataques (en ocasiones) en convoyes tomateros. En 2021 y 2022, los transportistas de tomate ghaneses denunciaron una oleada de emboscadas en la carretera Kumasi-Bolgatanga-Burkina Faso, una de las principales rutas de comercio de tomate fresco entre ambos países. Según informes locales, en enero de ese año hubo al menos seis ataques diferentes en esa ruta, con dos conductores asesinados, más de una decena de heridos y robos de dinero y mercancía. La Asociación de Transportistas y Comerciantes de Tomate de Ghana incluso anunció una huelga indefinida por la falta de seguridad en la carretera, exigiendo escoltas policiales debido a la persistencia de los asaltos.
Estos hechos no son aislados. Forman parte de un patrón que durante varios años ha afectado a los transportistas que recorren decenas o cientos de kilómetros por carreteras poco vigiladas para llevar tomate fresco entre Burkina Faso y Ghana. Una inseguridad que se suma a la ya existente por la proliferación de grupos terroristas en territorio burkinés.
Lo que parecía sencillo, un tomate, es en Burkina Faso y Ghana algo mucho más grande: es geopolítica. Es soberanía, propaganda, fuerza y moneda de cambio en un motor de múltiples engranajes. Es una excusa válida para que los bandidos “disparen antes de preguntar”, tal como lo definía Urmar Salifu, uno de los camioneros afectados por los ataques.