Cada día, a las seis de la mañana, vuelve a estrellarse el Alvia de Adamuz en la cabeza de Mario. Por la noche, cuando todo se calla, Mario Samper se duerme despreocupado, como un niño, pero cogiendo el sueño, vuelve a subirse al tren. Físicamente, su cuerpo está en Mazagón, frente al mar , en ese pequeño paraíso de 3.000 habitantes que perdió para siempre el pasado 19 de enero. Pero su cabeza regresa, una y otra vez, a aquel vagón número 4 del Alvia que llaman 'el de los vivos', a la luz que se apagó de pronto, al ruido seco del impacto y a la certeza —esa palabra— de que se iba a morir. A los gritos, a...
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