Con la nostalgia dulce del que valora un pasado perdido, Fernando García Romero observa las pinturas de la capilla de la Inmaculada. Para llegar a ella ha atravesado, bajo una lluvia fina, un claustro barroco español custodiado por gárgolas que desaguaban tras una mañana de temporal . Antes, cruzó dos altos portones de madera que dejaban al descubierto una lámpara, ondeada cual bandera por el viento que irrumpía en el interior del edificio. Es el mismo recorrido que hacía todas los días, a excepción de fines de semana y vacaciones, cuando era alumno del instituto San Isidro, la institución de enseñanza que, con cuatrocientos años de historia, se consagran como la más antigua de España. Décadas después, Fernando vuelve como...
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