Los Nikis de la Pradera, punkis con banjo
Hace cinco años, Los Nikis publicaron un EP («Menos de lo mismo», Sonido Muchacho) que Joaquín Rodríguez presentó con absoluta reticencia. En una conversación con este periódico, rechazaba la idea de plantear cualquier posibilidad de gira en directo y darse la menor importancia. «No es un disco, es un estertor», dijo para calificarlo. «La realidad es que tenía incluso las canciones hechas para la segunda parte del EP. Incluso existía una portada que encajaba con la primera. Pero cuando les enseñé las canciones a los demás, dijeron: ‘‘meh’’. Así que ahí se quedó todo», cuenta ahora, cuando algunos de esos temas se han transformado en un proyecto nuevo: Los Nikis de la Pradera, una banda igual de ácida y antiheroica que presenta su primer álbum, «Llorica» (El Volcán Música), en directo el próximo 13 de febrero en la Sala Villanos de Madrid. Pero con una pequeña diferencia: no es aquel pop punk de los 80, es country y «bluegrass» como corresponde «a señores burgueses al borde de la jubilación». Eso sí: con la mala leche de siempre.
Todo empezó por una gran rectificación, esa práctica tan enriquecedora. Apenas un par de años después de publicar «NPI de música» (Ediciones Chelsea), un libro en el que el que argumentaba que no hace falta tener «ni puta idea de música» para hacer canciones, Joaquín Rodríguez se apuntó a clases de piano. «Me tuve que merendar el libro, página a página, como Mortadelo, con un poco de sal –dice sonriendo–. Me vino muy bien ir a clases para entender algunas cosas, como por ejemplo ir más allá de los tres acordes que sabía tocar y aprender otros tres. Esa fue la lección uno y su efecto se pareció a expandirme la cabeza. Porque en Los Nikis hice tres discos con mis rudimentarios conocimientos, pero pasándolo muy mal. Me costaba horrores terminar seis temas porque los demás no componían y al final siempre metíamos alguna versión para rellenar». No solo estudió piano: logró un sueño de juventud, tocar el banjo. Y así fue como, ante la desidia de algunos de sus ex compañeros, junto a Mauro Canut, muy aficionado al “country” como él y con quien formó en Los Acusicas, terminaron más de sesenta canciones. El periodo de efervescencia creativa más intenso de su vida: «Absolutamente. Funcionábamos como una producción en cadena, como nunca... y todo por las clases. Tuvimos un ensayo en el que participamos los cinco (Los Nikis más Canut) y luego empezaron las deserciones. Emilio fue el primero, en cuanto Mauro se apuntó. Estaba deseando decir ‘‘me piro’’ –sonríe–. Y ahora Rafa ha abandonado el barco hace poco, pero hemos la suerte de que el sustituto ha sido Ricardo Moreno, de Los Ronaldos, que es amigo de toda la vida, toca de escándalo y ahora sí que tenemos un núcleo duro».
¿El Fun House o el Movistar?
Se retracta, pues, Rodríguez, pero matiza: «Lo que aprendo en las clases lo cojo con muchas precauciones. Porque no quiero que me pase como a todo el mundo que aprende a tocar y quiere meter su floritura en el disco. Y, por suerte, de los soy el único que va a clases de los cinco. Si fuéramos todos, seríamos, yo qué sé, Arcade Fire o un grupo horrible de esos... Eso sí que lo evitamos conscientemente. Nuestras canciones son de todo menos barrocas», explica. Y es que la nueva formación no es otra cosa que los Nikis con un banjo, aunque a los fans de la banda de los 80 no les interese lo más mínimo. «Hay un grupo de Facebook con 5.000 seguidores de Los Nikis y les da completamente igual lo de las canciones de country. No les interesa. Y yo les digo que, si una gran parte del éxito de aquello fueron las letras, aquí las van a encontrar mejores. Hay 16 canciones mejor escritas. Pero ellos quieren lo mismo otra vez». Y no será por falta de propuestas. «He dicho que no a no sé cuántas propuestas en los últimos 30 años. Y la gente no lo entiende. Me dicen que llenaríamos el Movistar Arena y yo les contesto que me la suda. Tengo ya 62 años, y volver a hacer las canciones del instituto sería como una traición a los Nikis. Sería prostituirlas ahora para tocar en un sitio grande que, por los gastos de producción, no tendríamos más remedio que cobrar las entradas a 30 euros o algo así. Eso me parece un robo, aunque nada comparado con otros robos de estos años... Y yo no comulgo con eso y nadie lo entiende». Si esto no es actitud punk, aunque sea esgrimida por «un burgués casi jubilado», aquí tienen más: «A mí el éxito me importa cero coma. Sabíamos que este es un proyecto suicida, porque, a ver ¿a quién le puede interesar un grupo de country que canta en español? Meter a 200 personas en la Fun House [una pequeña sala de Madrid] ya es el equivalente a hacer una Riviera y si te soy sincero eso me ilusiona más. Además, yo creo que al country le pega ser un ‘‘matao’’, como Jeff Bridges en aquella película, ‘‘Corazón rebelde’’».
Parodia sin límites
El disco, como corresponde a una banda de punk que huye de autoproclamarse nada, ha sido autoproducido. «Sí, en un estudio pequeño que tengo en una habitación al fondo de casa. Pero es que el country es muy agradecido, porque todos los instrumentos tienen que sonar bien, nada de distorsiones. Lo complicado es sonar como Green Day, eso es un milagro». Los Nikis de la Pradera sacarán un vinilo, aunque Rodríguez no tiene tocadiscos «porque es un coñazo. ¡Con lo bien que suena Spotify! Reto a cualquiera de los que hablan del vinilo a una escucha a ciegas». Huye a toda velocidad de cualquier nostalgia: «Cero. Nada. Cuando hacen homenajes o hablan de la Movida... Yo me lo he pasado genial, mejor que nadie. Pero ya está». ¿Y de qué va, entonces, «Llorica»? Pues de parodiar sin límite: en la canción que da título al disco, se satiriza a la masculinidad al completo, atrapada entre el heteropatriarcado y el hombre deconstruido. En «La situación está bajo control», retratan al corrupto que todos llevamos dentro y en «Anabolizantes, Tinder y soledad», le hacen un traje a los «gymbros». Hay canciones sobre maletas que se pierden con objetos inconfesables dentro, un asunto, el de las penas aeronáuticas, que le llega recurrentemente a Rodríguez por su profesión de piloto de Iberia. «Es que la gente piensa que la culpa la tenemos los pilotos o los auxiliares o la aerolínea... y muchas veces es el aeropuerto. Pero sí, es un tema recurrente en mi vida», dice al borde de la jubilación, que no ansía. «Estoy medio jubilado, ahora vuelo poco. Pero a mí me mola mucho lo de los aviones». ¿Y empezar de cero a estas alturas con un grupo? «Eso es lo mejor de todo, más ahora que estamos cercanos a la muerte (ríe). Ensayamos juntos y nos vamos a tomar unos torreznos religiosamente después. Es el mejor momento de la semana. Es muy gratificante, no se le puede pedir más a la tercera edad». Seguirán mientras la salud aguante, por las razones correctas. «No vamos a parar. Sería terrible quedarnos los miércoles sin torreznos».
Una novela «cafre»
La escribió en un verano en Cádiz. «Me levantaba por la mañana, me tomaba dos cafés y me tumbaba en la cama a dictarle al iPad», dice el bajista de los Nikis sobre la gestación de «Spandex» (Liburuak), su debut en la novela, que se publicará en marzo. «Es como una letra de los Nikis descomprimida. Pasan muchísimas cosas en cada página, porque a mí no me gustan las cosas de relleno. Así que es bastante cafre, como lo eran nuestras canciones», explica. La historia trata sobre el cantante de un grupo de «glam metal» que, tres décadas después, se enfrenta a un suceso del pasado en completa decadencia. «Pasan mil cosas en muy poco espacio, es un defecto mío. Odio el relleno y la paja. Esta historia, en manos de otro escritor, llega a las 500 páginas, pero no es mi estilo. Para mí hay jmuchos paralelismos entre una novela y una canción».