La crisis sanitaria también afecta a la sanidad privada
Durante años, el relato predominante presentaba a la sanidad privada en España como el bote salvavidas ideal para escapar de las interminables listas de espera y otras incomodidades del sistema público. Sin embargo, ese bote hace agua por el peso de una demanda sin precedentes, revelando una crisis estructural que socava sus mismos cimientos.
Lo que comenzó como un efecto de desbordamiento de la sanidad pública ha evolucionado hacia una tormenta perfecta dentro del sector privado, donde la saturación, la sangría de profesionales y un modelo de negocio financieramente insostenible convergen, poniendo en jaque la calidad y la inmediatez que prometía.
La paradoja es evidente: nunca ha habido más españoles con seguro médico privado (uno de cada tres), pero nunca había estado tan cuestionada la capacidad de este para cumplir con sus promesas fundamentales. Los pacientes que buscaban agilidad se encuentran con demoras crecientes en especialidades y pruebas diagnósticas. Quienes pagaban por una atención personalizada experimentan una rotación constante de médicos que dificulta la continuidad asistencial. Las familias que confiaban en la cobertura para situaciones graves descubren limitaciones inesperadas en sus pólizas. Y lo cierto es que detrás de este deterioro perceptible por los usuarios late una realidad estructural preocupante.
La masiva llegada de nuevos asegurados, impulsada por el colapso de la sanidad pública, ha superado la capacidad asistencial de la privada. El auge de los seguros «low cost» ha creado un círculo vicioso: precios bajos que atraen a más usuarios, pero que generan saturación y frecuentación excesiva de los servicios. Para mantener estas primas reducidas, las aseguradoras comprimen costes, lo que se traduce no solo en honorarios insuficientes para los médicos, sino también en tiempos de consulta más breves y restricciones en las coberturas para los pacientes.
El síntoma más visible para el usuario es la paradoja de las listas de espera. Con uno de cada tres españoles ya cubierto por un seguro privado (un récord histórico impulsado por las demoras de meses para ver a un especialista o someterse a una cirugía en la pública), la capacidad de la privada está tocando techo. La promesa de agilidad se ha diluido, especialmente en especialidades como traumatología, dermatología o digestivo, y en pruebas diagnósticas complejas como resonancias magnéticas o TAC. Los pacientes que huyeron de la espera pública se encuentran ahora atrapados en una nueva forma de congestión, demostrando que el colapso no es un mal exclusivo de lo público, sino un fallo sistémico de toda la arquitectura sanitaria española.
Lo más grave para los asegurados tradicionales es que los de los seguros «low cost» les taponan el acceso a los especialistas, causándoles una profunda insatisfacción, situación que deben resolver sin demora las aseguradoras y, sobre todo, los hospitales, si quieren evitar verse colapsados y con listas de espera impensables antes en la sanidad privada.
Pero el problema va más allá de los tiempos de espera. Los usuarios se enfrentan a una rotación constante de profesionales que dificulta la continuidad asistencial. «En un año he visto tres médicos diferentes en la misma consulta», comenta Javier, cuyo hijo necesita seguimiento pediátrico especializado. Esta inestabilidad no es casual, pues responde a las dificultades de los centros para retener talento en un entorno de honorarios congelados, pero para las familias se traduce en tener que repetir su historia clínica una y otra vez, perdiendo la confianza en un sistema que pagaron, precisamente, por su predictibilidad. Es necesario acompasar las coberturas y los precios de los seguros con las prestaciones y servicios asegurados.
Este entorno está intrínsecamente ligado al auge de los seguros «low cost». Estas pólizas, con primas muy bajas, han actuado como un cebo para captar a una masa crítica de nuevos usuarios, pero su modelo genera serias dudas sobre su viabilidad a largo plazo. Por un lado, fomentan una altísima frecuentación; al tener un coste marginal bajo o nulo por acto médico para el usuario, este tiende a consumir más servicios, saturando aún más la ya limitada capacidad clínica. Por otro lado, para mantener precios tan bajos, las aseguradoras se ven obligadas a comprimir al máximo los costes, lo que se traduce no solo en honorarios ínfimos para los médicos, sino también en cuadros médicos restrictivos; largos periodos de carencia para procedimientos complejos; y una presión constante para reducir el tiempo de cada consulta. El resultado es una creciente insatisfacción entre los asegurados, que descubren que la cobertura que contrataron no les garantiza la inmediatez ni las prestaciones que esperaban.
El reto al que se enfrenta la sanidad privada española trasciende las disputas empresariales o reivindicaciones profesionales.
Ahora se trata de saber si podrá mantener su valor fundamental para el ciudadano: ofrecer un camino ágil y predecible hacia la salud. Si la congestión, la inestabilidad médica y las limitaciones de las pólizas «low cost» continúan creciendo, el propio modelo podría perder su razón de ser para millones de pacientes que buscan, sencillamente, una atención que esté a la altura de sus necesidades y expectativas.
Ignacio Para Rodríguez-Santana es presidente de la Fundación Bamberg