Ocurre pocas veces, pero qué maravilla cuando ocurre: uno coge una novela con reservas, sin demasiadas expectativas, pensando con cierto sopor en las casi quinientas páginas que tiene por delante y, de repente, esa magia que en ocasiones tiene la literatura le lleva a no querer despegarse de la historia, a obsesionarse con la resolución del misterio, a sentir que ese universo hasta entonces desconocido se siente más vívido que la propia realidad e incluso a ralentizar el ritmo de lectura en la parte final, temeroso de abandonar para siempre unos espacios, unos personajes y unos acontecimientos cuya pérdida termina por dejar, después de leer la última línea, una intensa sensación de orfandad . Algo así provoca la lectura de...
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