La magia de una escuela
Con el cuaderno abierto frente a ella, sostiene el lápiz con destreza, y en cada línea escrita se vislumbra la certeza de que la dificultad no detiene la alegría de crear. Yaniuska Zaldívar Cruz, más conocida como Pelusa, a sus 13 años, no tiene manos, pero escribe, canta y recita poesía para los niños de Palestina, mientras confiesa, con una amplia sonrisa, que su escuela Solidaridad con Panamá «es la mejor del mundo».
Su voz no tiembla cuando se presenta ante nosotros. Al contrario, transmite una seguridad que sorprende, con la fuerza de quien sabe que las palabras también son un acto de resistencia. No hay timidez en sus gestos, canta con entusiasmo en el coro de la escuela, y cada verso que pronuncia parece abrir un espacio de esperanza.
En medio de la conversación, Yaniuska sorprende con una afirmación que desarma cualquier expectativa: «Lo que más me gusta de la escuela es la dirección». No se refiere a oficinas ni a trámites, sino a la energía que se respira en cada jornada, al ímpetu con que los maestros enfrentan los retos y a la pasión que regalan en cada clase. Para ella, la dirección es la manera de nombrar esa intensidad compartida, aprender, jugar, crecer juntos.
A la pregunta de ¿sabes qué es el bloqueo?, Yaniuska responde con seguridad: «Sí, lo que Trump tiene contra Cuba». No lo dice con miedo, sino con la naturalidad de quien ha escuchado esa palabra en casa, en la televisión, en la calle y lo siente profundamente. El bloqueo es su realidad cotidiana, como mismo para millones de cubanos, pero que no logra quebrar su espíritu.
Sin embargo, en la práctica significa otra cosa. Las nuevas restricciones contra Cuba, sumadas al bloqueo económico, comercial y financiero, se traduce en la carencia de insumos básicos y equipos especializados para niños con parálisis cerebral. Un ejemplo concreto: hay faltantes de sillas de ruedas eléctricas para el desplazamiento de más de 60 000 adolescentes en el país, así como limitaciones en la adquisición de medicamentos específicos para disminuir movimientos involuntarios.
Lo que para otros países es rutina —una prótesis, un cuaderno, una silla de ruedas— aquí se convierte en desafío diario. Y es desde esa realidad que Beatriz Roque Morales, directora nacional de Educación Especial del Ministerio de Educación, insiste en recordar que la capacidad de sobreponerse sigue siendo la meta.
Explicó que en las instituciones se habilitan salones de estimulación temprana y se acompaña a los estudiantes hasta la secundaria básica, siempre con un objetivo claro: prepararlos para la inclusión social. Por lo que requiere un despliegue de recursos humanos y técnicos que garanticen atención de calidad desde la primera infancia. A pesar de todo, la voluntad de sostener la calidad educativa se mantiene.
Escuela que sostiene futuro
Para Esther María La O Ochoa, «Teté», exdirectora de la escuela Solidaridad con Panamá, el centro es un símbolo de nuestro país. Fundada en 1989 por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, nació con la vocación de atender a niños y adolescentes con discapacidades físico-motoras, y desde entonces se ha convertido en un espacio donde conviven la ternura y la disciplina.
No se trata solo de impartir clases, es un espacio donde la rehabilitación física se entrelaza con la formación académica. Es un punto de encuentro comunitario y un emblema de inclusión que trasciende sus muros. Donde se celebran actividades culturales y sociales que refuerzan la autoestima de los estudiantes y fortalecen el vínculo con las familias.
«Tenemos una matrícula de 202 niños, de los cuales 26 son internos, provenientes de provincias como Matanzas, Artemisa y Mayabeque», explicó Nailys Reyes Cleger, actual directora de la escuela, antes de subrayar que la institución atiende cuatro niveles educativos vinculados con la condición físico-motora: primera infancia, primaria, secundaria y discapacidad intelectual. «Muchas veces nuestros niños no pueden venir a clases porque las guaguas no tienen combustible, y eso para nosotros es muy difícil», reconoció.
Cada minuto del día dedicado amorosamente a los niños, niñas y adolescentes dentro y fuera del aula; cada evento, cada taller, cada canción compartida, reafirman la idea de que la educación especial en Cuba no es un privilegio, sino un derecho que se ejerce con amor y perseverancia. «En ese equilibrio entre esfuerzo y esperanza, nuestra escuela se mantiene como un faro que ilumina la vida de quienes la habitan», agregó Teté.
Madres frente al reto cotidiano
Pero detrás de cada aula hay también historias familiares que revelan la magnitud del desafío. Ained García Cruz, mamá y trabajadora por 14 años de la escuela, comienza hablando de sus gemelos, ambos con parálisis cerebral, con la voz cargada de gratitud y memoria.
Explica que su hija tiene una discapacidad intelectual, mientras que el varón conserva su intelecto y hoy cursa el primer año de Ingeniería Informática en la Universidad de Ciencias Informáticas. «Si no hubiera tenido esta base en la escuela, no se hubiera forjado en el preuniversitario ni en la universidad», asegura, a la vez que reconoce que criar a un niño con discapacidad es un reto enorme. «Es muy complejo, tanto por los medicamentos como por los instrumentos, las sillas de ruedas, los andadores», enumera con paciencia.
Recuerda que la mayoría de los niños en la escuela necesitan atención constante para la movilidad, para la salud en general. «Muchos recursos no entran por el bloqueo», dice con firmeza, consciente de que esa realidad afectó directamente la calidad de vida de sus hijos.
La lucha se vuelve cotidiana. «Es el familiar, los maestros y el centro docente desatando todas sus fuerzas e ingenio para que el niño salga adelante, para que tenga independencia y una vida digna», explica. No habla solo de sí misma, sino de todas las madres, maestros y abuelos que acompañan a estos niños. Reconoce que es un esfuerzo duro, una batalla constante. «Yo le doy gracias a esta escuela porque mi niño está hoy en la universidad».