Compraba un felpudo . La señora que me atendía , amabilísima, dejó de hablarme de tamaños y calidades, miró la lluvia, imparable y tumultuosa desde hacía días, y me preguntó: «¿No cree usted que quizá Dios nos esté castigando ?». - No -le respondí-. Dios nos protege y nos ama, aunque a veces parezca que se esconde. Respiró con alivio. Me sorprendió esa inesperada conversación que, de pronto, había convertido lo cotidiano en trascendente , del felpudo al sentido de la vida y al intento de comprender el dolor y el miedo y que me inspiró lo que escribo. Un felpudo es quizá lo más humilde de cuanto tenemos. Siempre a ras de suelo, en él nos sacudimos y limpiamos...
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