Arthur Schopenhauer y la paradoja del lector moderno: “Comprar libros sería algo bueno si también pudiéramos comprar el tiempo para leerlos”
Arthur Schopenhauer (1788-1860) sigue interpelando al lector contemporáneo con una ironía tan certera como incómoda. "Comprar libros sería algo bueno si también pudiéramos comprar el tiempo para leerlos", escribió el pensador de Danzig en su ensayo Sobre la lectura y los libros, incluido en la obra Parerga y Paralipómena (1851).
La frase, rescatada una y otra vez en artículos y redes sociales, condensa una de sus preocupaciones más profundas: la confusión entre poseer y asimilar, entre acumular y comprender. En pleno siglo XXI, cuando las novedades editoriales se suceden al ritmo de los algoritmos y las recomendaciones virales, la advertencia de Schopenhauer adquiere una dimensión casi profética.
El autor de El mundo como voluntad y representación construyó un sistema filosófico de base pesimista, sostenido sobre la idea de que la realidad está gobernada por una fuerza irracional e insaciable que condena al ser humano al deseo perpetuo y, por tanto, al sufrimiento.
Frente a ese impulso ciego, Schopenhauer defendía espacios de lucidez: el arte, la contemplación estética y, de forma muy señalada, la lectura reflexiva. Pero no cualquier lectura. En Sobre la lectura y los libros advertía: "La lectura equivale a pensar con una cabeza ajena en lugar de con la propia". El exceso de páginas devoradas sin criterio, lejos de formar, dispersa y empobrece.
Una filosofía de la sobriedad intelectual frente al vértigo consumista
La célebre sentencia sobre la imposibilidad de comprar tiempo no es, por tanto, un desprecio a los libros, sino una crítica mordaz a la confusión entre posesión material y aprovechamiento real. Schopenhauer, que vivió retirado y dedicó largas jornadas al estudio solitario, consideraba el tiempo como el único recurso verdaderamente escaso, mucho más valioso que el dinero.
Desperdiciarlo en lecturas superficiales equivalía, en su visión, a una forma de empobrecimiento espiritual. La acumulación acrítica, tener una biblioteca frondosa pero apenas hollada, representaba la victoria de la apariencia sobre la sustancia.
Su diagnóstico resuena con especial fuerza en una época donde la cultura del consumo ha fagocitado también el universo editorial. Ediciones cuidadas, colecciones de clásicos, novedades que se apilan en las mesas de novedades y en las listas de deseados multiplican las compras, mientras el tiempo efectivo para leer mengua entre obligaciones laborales, pantallas y fatiga atencional.
Schopenhauer, que dedicó páginas enteras a denunciar la "erudición" vacía de quienes leen mucho y piensan poco, habría reconocido en este vértigo la confirmación de su tesis sobre la dispersión moderna. "Quien lee mucho y piensa poco acaba por perder la capacidad de pensar", insistió en Parerga y Paralipómena.
Más de ciento sesenta años después de su muerte, la paradoja del lector moderno sigue siendo la misma que él señaló: la imposibilidad de adquirir tiempo con la misma facilidad con que se adquieren libros.
Su frase, tan citada como poco atendida, se erige así en una invitación a la sobriedad. Leer menos, pero mejor; pensar más, pero con mayor hondura.