Crítica de "No hay otra opción": no soy un algoritmo ★★★
Puede que Park Chan-wook se sienta como Man-su, su antihéroe, que, al empezar la película, se cree recompensado por su empresa (¡unas anguilas de regalo!) cuando lo que recibe es un premio de consolación por un despido que aún no conoce. Man-su es un trabajador de la vieja escuela, que no sabe de algoritmos, del mismo modo que Park, indomable en sus formalismos, es veneno para el cine de plataformas. La venganza, tan cara al cineasta coreano, es, otra vez, el motor de “No hay otra opción”, en la que, inspirándose libremente en una novela de Donald Westlake, el capitalismo salvaje es el villano: Man-su se vengará del sistema aunque, paradójicamente, quiera integrarse en él cuando toma la decisión de asesinar a sus rivales para ocupar un buen puesto de trabajo.
¿De quién se venga Park? Es probable que lo haga de un cine previsible, acomodaticio, y en parte logra su objetivo: sigue siendo un estilista extraordinario, aquí preocupado por trabajar la lógica dramática de los espacios y las transiciones, aunque, por desgracia, la película, que tiende a la redundancia, no alcance a encontrar el tono adecuado, que bascula dubitativo entre lo siniestro y lo paródico, casi lo caricaturesco, y en esas oscilaciones acaba perdiendo pie.
A la acostumbrada elegancia de la puesta en escena (hablamos, no lo olvidemos, del director de “Oldboy” o “La doncella”) le acompaña una falta de sentido del exceso que da al traste con el vitriolo de las escenas, y pone demasiado de relieve la patética torpeza del protagonista.
Lo mejor:
La elegancia de la puesta en escena y la fuerza irónica de la premisa.
Lo peor:
No sabe encontrar el tono y es víctima de sus excesos.