Enamorados, frágiles, humanos: cinco cartas de amor escritas por grandes pensadores
Al margen de su producción literaria, artística e intelectual, las cartas también figuran como un objeto de estudio que permite conocer en profundidad a las mentes brillantes de nuestra historia. Un archivo íntimo que, lejos de los manifiestos, ensayos y novelas, revela titubeos, obsesiones, celos y ternuras. Una suerte de ventana indiscreta que, en el caso de la correspondencia amorosa, exhibe acaso una de las facetas más vulnerables de la existencia humana: esa en que incluso los genios dudan, se contradicen y se entregan sin red.
Desde Karl Marx y Gabriela Mistral, pasando por Sigmund Freud, Mary Shelley, Virginia Woolf y Franz Kafka, son muchas las misivas que han trascendido el ámbito privado para convertirse en documentos culturales. En ellas, los grandes nombres dejan de ser monumentos y se vuelven personas: amantes impacientes, enamorados obsesivos, poetas que escriben con la urgencia de quien teme no ser correspondido. En la previa del 14 de febrero, esas cartas funcionan como cápsulas del tiempo donde el amor se escribe con tinta y papel.
Leerlas hoy es asistir a una escena paralela de la historia. Mientras se gestaban teorías, novelas y revoluciones, también se escribían párrafos dedicados al deseo, la ausencia y la esperanza. En estas líneas privadas —que nunca fueron pensadas para el escrutinio público— se despliega una verdad incómoda y fascinante: que el amor, incluso en las mentes más brillantes, no conoce de sistemas, corrientes ni escuelas, y se impone con la misma desmesura con que se escribe una obra destinada a perdurar.
Karl Marx a Jenny von Westphalen
La historia de amor entre Karl Marx y Jenny von Westphalen fue, en muchos sentidos, una anomalía para su tiempo. Se conocían desde la infancia y se comprometieron pese a las diferencias sociales, pues ella provenía de una familia aristocrática prusiana, mientras él era un joven estudiante sin fortuna ni prestigio. Aun así, Jenny apostó por una relación que implicaría exilio, precariedad económica y una vida marcada por la inestabilidad política, acompañando a Marx durante décadas de persecuciones, mudanzas forzadas y penurias materiales.
Más allá del vínculo sentimental, Jenny fue unua figura clave en la vida y obra del pensador: editó manuscritos, copió textos ilegibles, administró el hogar y sostuvo la red de contactos políticos e intelectuales de su marido. Sus cartas revelan una relación intensa, atravesada por la admiración mutua, pero también por tensiones, celos y sacrificios personales. En ellas, Marx aparece no como el teórico implacable del capitalismo, sino como un hombre profundamente enamorado, dependiente del afecto y el apoyo de la mujer que, durante cuarenta años, fue su compañera intelectual y emocional.
En una de ellas, fechada el 21 de junio de 1856, el comunista escribe: “Querida mía. De nuevo te escribo porque me encuentro solo y porque me apena siempre tener que charlar contigo sin que lo sepas ni me oigas, ni puedas contestarme. Por más malo que sea tu retrato, me sirve perfectamente, y, ahora, comprendo por qué perfectamente, y por qué hasta las ‘lóbregas madonnas’, las más imperfectas imágenes de la Madre de Dios, podían encontrar celosos y hasta más numerosos admiradores que las imágenes buenas“.
Karl Marx y Jenny von Westphalen.
“En todo caso, ninguna de esas oscuras imágenes de madonna ha sido tan besada, ninguna ha sido mirada con tanta veneración y enternecimiento, ni adorada tanto como esta foto tuya, que si bien no es lóbrega, sí es sombría, y en modo alguno representa tu hermoso, encantador y ‘dulce’ rostro que parece haber sido creado para los besos. Yo perfecciono lo que estamparon mal los rayos del sol y llego a la conclusión de que mi vista, por muy descuidada que esté por la luz del quinqué y el humo del tabaco, es capaz de representar imágenes no sólo en sueños, sino también en la realidad”, continúa el filósofo.
“Te veo, siento, toda delante de mí, como de carne y hueso… el falso y vacío mundo se forma una idea superficial y equivocada de las personas. ¿Quién entre mis numerosos calumniadores y maldicientes enemigos me ha reprochado alguna vez valer para el papel de primer galán en cualquier teatro de segunda categoría? Pero es que soy así. Si esos canallas tuvieron siquiera una gota de sentido del humor, habrían garrapateado en el anverso ‘relaciones de producción y cambio’ y en el reverso me habrían dibujado postrado a tus pies, ‘mire este dibujo y el otro’, rezaría la inscripción. Pero los canallas son tontos y seguirán siendo necios in secula seculorum”, ironizó Marx.
En la misma misiva, continúa diciendo: “La separación temporal es útil ya que la comunicación constante origina la apariencia de monotonía que lima la diferencia entre las cosas. Hasta las torres de cerca no parecen tan altas, mientras que las minucias de la vida diaria, al tropezar con ellas, crecen desmesuradamente. Lo mismo sucede con las pasiones: los hábitos consuetudinarios que, como resultado de la proximidad se apoderan del hombre por entero y toman forma de pasión, dejan de existir tan pronto desaparece del campo visual su objeto directo. Las pasiones profundas, que como resultado de la cercanía de su objetivo se convierten en hábitos consuetudinarios, crecen y recuperan su vigor bajo el mágico influjo de la ausencia”.
“Así es mi amor. Al punto que nos separa el espacio, me convenzo de que el tiempo le sirve a mi amor tan solo para lo que el sol y la lluvia le sirven a la planta: para que crezca. Mi amor por ti, cuando te encuentras lejos de mí, se presenta tal y como es en realidad: como un gigante; en él se concentra toda mi energía espiritual y todo el vigor de mis sentimientos”, cierra Marx, quien firma su escrito como “Tu Carlos”.
Franz Kafka a Felice Bauer
Franz Kafka vivía el amor como una experiencia extrema. A su genialidad literaria se sumaban una timidez casi patológica y una salud frágil que lo hicieron desconfiar de cualquier forma de vida convencional. Sin embargo, entre 1912 y 1917 mantuvo una intensa relación con Felice Bauer, a quien conoció gracias a Max Brod en una reunión familiar. Lo que siguió fue una avalancha epistolar: más de 500 cartas en las que el escritor desplegó una mezcla de deseo, ansiedad y autodesconfianza.
La relación avanzó lo suficiente como para que se comprometieran en dos ocasiones, pero Kafka terminó convencido de que no podía sostener una vida en pareja. Temía el matrimonio, la paternidad y la rutina doméstica, y estaba persuadido de que su enfermedad y su psiquis lo condenaban a la soledad. Finalmente, decidió terminar el vínculo, persuadido de que amar a alguien implicaba una exigencia que no estaba en condiciones de asumir.
Esa tensión aparece desde sus primeras cartas. En una misiva del 11 de noviembre de 1912, Kafka le escribió: “Le pediré un favor absolutamente demencial, y que yo también juzgaría como tal si fuera yo quien recibiese esta carta. Es también la prueba más dura a la que incluso la persona más amable del mundo pueda ser sometida. Bueno, aquí voy: escríbame solo una vez a la semana, para que así su carta llegue los domingos. No puedo soportar sus cartas diarias, soy incapaz de soportarlas”.
Franz Kafka y Felice Bauer.
En otra, confesaba el efecto físico que ella tenía sobre él: “Por ejemplo, respondo una de sus cartas, luego me tiendo en la cama en aparente calma, pero los latidos de mi corazón atraviesan fuertemente todo mi cuerpo y solo puedo pensar en usted. Le pertenezco; no existe otra forma de expresarlo, y esta ni siquiera es suficiente”.
Pero ese amor lo aterraba. “Por esta misma razón no quiero saber cómo está vestida; me altera tanto que no puedo lidiar con la vida, y por eso prefiero no saber que me quiere”, escribió, antes de admitir que su salud y su carácter lo alejaban de cualquier proyecto familiar: “Si lo supiera, ¿cómo podría -considerando lo loco que soy- sentarme en mi oficina o quedarme en casa, en vez de subirme en el próximo tren con los ojos cerrados para abrirlos solo cuando llegue a su lado? ¡Oh!, hay una razón triste, muy triste para no hacerlo y esta es mi salud, que solo alcanza para la soledad, no es suficientemente buena para el matrimonio, y qué decir para la paternidad. Sin embargo, cuando leo su carta, siento que podría ignorar incluso aquello imposible de ser ignorado”.
Virginia Woolf a Leonard Woolf
La historia de Virginia y Leonard Woolf es una de complicidad intelectual y afecto sostenido contra la adversidad. Se conocieron en el círculo de Bloomsbury, donde escritores, artistas y pensadores redefinían la cultura británica de comienzos del siglo XX, y se casaron en 1912. Su matrimonio, lejos de las convenciones de la época, se construyó sobre acuerdos propios y una profunda amistad, que la escritora describiría como una de las experiencias más felices de su vida.
Sin embargo, la vida de Woolf estuvo marcada por severos episodios de depresión y crisis mentales recurrentes, hoy asociadas a un trastorno bipolar. La Segunda Guerra Mundial agravó su fragilidad: los bombardeos destruyeron su casa en Londres, el contexto político y social se volvió asfixiante y la recepción de su último libro, una biografía de Roger Fry, fue más fría de lo esperado. El 28 de marzo de 1941, a los 59 años, Virginia llenó los bolsillos de su abrigo con piedras y se internó en el río Ouse. Su cuerpo fue hallado veinte días después. Antes de morir, dejó una carta a Leonard, una de las misivas más conmovedoras de la historia de la literatura.
Virginia Woolf y Leonard Woolf.
La carta está fechada simplemente como “martes, 1941”, y comienza con una confesión devastadora: “Queridísimo. Estoy segura de que me estoy volviendo loca de nuevo. Siento que no podremos volver a pasar por otro de esos períodos terribles. Y que esta vez no me voy a recuperar. Empiezo a escuchar voces y no me puedo concentrar. Así es que estoy haciendo lo que parece ser mejor”.
En las líneas siguientes, Woolf le agradece el amor y la estabilidad que le ofreció durante décadas: “Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido, en todas las formas, lo máximo que cualquiera puede ser. No creo que otras dos personas puedan haber sido tan felices como nosotros hasta que esta terrible enfermedad llegó. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Como ves, ni siquiera puedo escribir esto bien. No puedo leer. Lo que te quiero decir es que toda la felicidad de mi vida te la debo a ti”.
La despedida es, a la vez, un acto de amor y de renuncia: “Has sido absolutamente paciente e increíblemente bueno conmigo. Quiero decirlo, y todo el mundo lo sabe. Si hubiera habido alguien capaz de salvarme, ese habrías sido tú. Todo me ha abandonado, menos la certeza de tu bondad. Ya no puedo seguir estropeando tu vida. No creo que dos personas puedan ser más felices de lo que nosotros hemos sido”.
Sigmund Freud a Martha Bernays
En el imaginario colectivo, Sigmund Freud suele aparecer como el padre severo del psicoanálisis, una figura solemne asociada a teorías que sacudieron el pensamiento del siglo XX. Pero, lejos del diván y los tratados científicos, también fue un hombre profundamente enamorado. Su relación con Martha Bernays, la mujer que sería su esposa, quedó registrada en una abundante correspondencia donde el joven neurólogo se muestra apasionado, vulnerable y sorprendentemente lírico.
Freud conoció a Martha en una cena familiar organizada por su hermana, y el impacto fue inmediato. Tímido pero persistente, comenzó a cortejarla con cartas, flores y poemas, gestos que fueron plenamente correspondidos. Sin embargo, la relación enfrentó resistencias: la madre de Martha, Emmeline, se opuso a la idea de que su hija se casara con un joven sin recursos económicos. Para mantenerla cerca, la familia se instaló en Wandsbek, a las afueras de Hamburgo, lo que obligó a la pareja a sostener su vínculo a distancia.
Sigmund Freud y Martha Bernays.
Decidido a asegurar un futuro juntos, Freud abandonó temporalmente sus estudios de neurología para abrir una consulta médica y reunir dinero. Tras años de separación y esfuerzo, finalmente pudieron casarse en septiembre de 1884. Durante ese período, las cartas fueron su principal refugio emocional, y en ellas Freud se refería a Martha con ternura, llamándola “mi preciosa y amada niña”.
En una carta del 19 de junio de 1882, el futuro psicoanalista le confesaba: “Sabía que solo luego de tu partida me daría cuenta realmente de la magnitud de mi felicidad, y ¡ay de mí!, también de la magnitud de mi pérdida. Aún no logro comprenderlo del todo, y si no tuviera frente a mí esa linda cajita y tu dulce retrato, pensaría que todo pudo haber sido un dulce sueño y temería despertar”.
En la misma misiva, Freud profundiza en el asombro de sentirse correspondido: “Sin embargo, mis amigos me dicen que es cierto, y yo mismo puedo recordar detalles aún más encantadores y más fascinantes que los que cualquier fantasía onírica pudiese crear. Debe ser verdad. Martha es mía, la dulce niña de la que todos hablan con admiración y que a pesar de toda mi resistencia cautivó mi corazón en nuestro primer encuentro. La niña a quien temía cortejar y que se acercó a mí con absoluta confianza, fortaleciendo la fe en mi propio valor y me dio nuevas esperanzas y energías para trabajar cuando más lo necesité”.
Gabriela Mistral a Doris Danna
Gabriela Mistral conoció a la escritora y traductora estadounidense Doris Dana a fines de la década de 1940, cuando ya era una figura consagrada y Nobel de Literatura. Dana, varias décadas menor, se convirtió primero en su asistente y luego en su compañera inseparable, acompañándola en viajes, organizando su correspondencia y resguardando su archivo. Las cartas que Mistral le envió durante esos años revelan una relación íntima y profunda, marcada por la devoción, la dependencia afectiva y un lenguaje amoroso que durante décadas permaneció fuera del escrutinio público.
En una de esas misivas, la poeta describe el carácter casi secreto y sagrado de su vínculo: “Yo sé bien que nadie, ninguna persona en este mundo, puede saber qué cosa es nuestra vida sino (excepto) nosotros mismos. La bella vida nuestra es tan imperceptible, tan delicada, por llena de imponderables, que casi no es posible verla. Es posible solamente vivirla – gracias a Dios. Yo vivo en una especie de sueño, acordándome de todas las gracias que me has hecho”.
Gabriela Mistral y Doris Dana.
Más adelante, Mistral profundiza en la idea de que ese amor representaba una existencia nueva, distinta a todo lo vivido hasta entonces. “Y lo que vivo es una vida nueva, una vida que siempre yo he buscado y nunca hallé. Es una cosa ella sacra y concentrada. La vida sin ti es una cosa sin sangre, sin razón alguna. Tú eres ‘mi casa’, mi hogar, tú misma. En ti está mi centro. (Y el solo quererte me purifica). Ella es el abandono, la confianza completa”.
Finalmente, la poeta subraya la dimensión casi cósmica de ese afecto, mezclando certeza y vértigo: “Yo sé que tú eres fiel como una piedra. Mi memoria es ahora un mundo, se vuelve un Universo vasto y completo. Y a la vez incompleto, porque ha crecido tanto aunque parecería que no pudiese crecer más. Ay, amor grave y tan dulce, tan sin peso a la vez. ¡Alegría mía!”.