El papel central del oso en las sociedades prehistóricas
Las mitologías del nordeste asiático conservan un legado de sorprendente coherencia en torno a una figura animal que hoy suele pasar desapercibida: el oso. Un estudio reciente, firmado por el profesor Shuxian Ye, propone que este mamífero no solo se veneró, sino que también se percibió como un ancestro divino, mediador cosmológico y principio regenerador en las sociedades prehistóricas de la región.
A partir de los textos antiguos, las evidencias arqueológicas y las comparaciones etnográficas, la investigación reconstruye una extensa tradición religiosa compartida entre China, Corea y Japón. El oso emerge como uno de los núcleos simbólicos más antiguos del pensamiento mítico del nordeste asiático, con raíces que se remontan a las comunidades cazadoras del Neolítico.
Uno de los puntos de partida de análisis de Ye es la reinterpretación de la figura del soberano chino Youxiong, el mítico Emperador Amarillo, cuyo nombre significa literalmente “el que posee oso”. Tal título señalaría una filiación totémica directa. Así, la investigación reconstruye una genealogía mítica en la que el oso aparece asociado a los reyes fundadores de la dinastía Xia, sobre todo a Gun, Yu y Qi. Según narran los relatos antiguos, estos gobernantes son capaces de transformarse en oso o protagonizan nacimientos extraordinarios en cuevas y montañas, áreas tradicionalmente asociadas a estos animales salvajes.
Según apunta el estudio, tales metamorfosis no son fruto del castigo ni ilustran episodios fantásticos aislados, sino que dan forma a rituales simbólicos de muerte y renacimiento. Estos rituales, prosigue Ye, son propios de una tradición en la que el linaje humano se concibe como descendiente del tótem ursino.
El comportamiento biológico del oso desempeña un papel central en esta cosmología. Su capacidad para ocultarse durante el invierno y reaparecer en primavera se interpretó como una forma de resurrección. Desde el punto de vista mitológico, regresar a la cueva equivalía a volver al vientre primordial. Salir de ella, por el contrario, simbolizaba el retorno a la vida.
De este modo, la hibernación se convirtió en el modelo mítico del renacer humano. Las narraciones que tienen como protagonistas a héroes que emergen de las rocas o las montañas constituirían variantes de este mismo arquetipo. Desde esta perspectiva, las cuevas asociadas a los osos se convierten en espacios liminales, es decir, lugares donde se produce la transición entre lo divino y lo humano.
La investigación, además, ha identificado una extensa franja cultural en la que el culto al oso ha persistido desde épocas preagrícolas. Entre los pueblos que aún conservan elementos de esta tradición, se encuentran los ainu de Japón y diversos grupos cazadores del norte de China y Siberia.
Estas comunidades mantienen mitos, rituales y ceremonias centradas en el oso como ancestro protector. En paralelo, la arqueología ha documentado la presencia de cráneos de oso que se veneraron hace unos 5000 años, así como una notable coincidencia entre esta zona cultural y la temprana distribución del jade en la cuenca del río Liao, con piezas fechadas hacia el 6000 a. C. La superposición del simbolismo ursino apunta a una tradición religiosa compartida a escala regional y profundamente enraizada en las sociedades de los cazadores-recolectores.