Ciudadanía Digital en Bolivia: ¿Evolución o relanzamiento? Una aclaración para el aula
En política, como en la tecnología, lo que no se comunica parece que no existe. Recientemente, el país fue testigo de una imagen potente: el Presidente Rodrigo Paz, flanqueado por sus ministros de la Presidencia y Educación, sellando un compromiso con seis universidades públicas. El objetivo suena a vanguardia: co-creación, investigación y modernización para fortalecer la Ciudadanía Digital.
Para muchos, con el discurso presidencial dejaron el sabor de un «estreno». Sin embargo, en el mundo de las políticas públicas es vital separar el ruido de las nueces. No estamos ante el nacimiento de un concepto, sino ante el despertar de un gigante que dormía en los almacenes digitales del Estado desde 2018.
El ADN de una ley que ya tiene años
Es justo recordar —y aclarar— que la Ciudadanía Digital no es un invento nuevo. Su nacimiento se dio mediante la Ley Nº 1080 de 2018. Aquella norma ya establecía el marco para que los bolivianos pudiéramos interactuar con el Estado sin el «vía crucis» del papel físico “Cero Papel”, mediante la autenticación digital y los trámites electrónicos.
¿Qué es lo que ha cambiado entonces? El enfoque. Si bien la base legal tiene casi ocho años, lo que el actual convenio con la AGETIC busca es pasar de la teoría a la práctica real. Ya no se trata solo de tener una firma digital, sino de integrar a la academia —nuestras universidades— como el motor que modernice las plataformas y forme el talento técnico digital que el país reclama a gritos.
El aula: la nueva frontera digital
Para la comunidad educativa, este anuncio no debe leerse como una noticia de pasillo gubernamental, sino como un cambio de reglas de juego en el corto plazo. La participación del Ministerio de Educación en este pacto sugiere que la digitalización dejará de ser una «materia aislada» para convertirse en el entorno cotidiano del docente y el estudiante.
¿Qué deberíamos esperar en los próximos meses?
1. Desburocratización real: La gestión de trámites educativos como títulos, certificaciones y registros, que hoy saturan las oficinas del Ministerio de Educación y las Direcciones Departamentales de Eduación, debe migrar definitivamente al procesamiento en tiempo real. Reinspirado en la plataformas como gob.bo, este salto tecnológico buscará eliminar las filas eternas y los intermediarios, garantizando que la modernización no se quede solo en el software, sino que se logre a través de una socialización profunda que permita a toda la población conocer, confiar y empoderarse de estas herramientas digitales.
2. Formación, no solo equipamiento: El convenio debe trascender la lógica de la entrega material de equipos. Ya no es suficiente con distribuir “una computadora por docente” o “por estudiante”-tarea pendiente-; el verdadero reto estructural radica en transformar al maestro en un mediador. El objetivo es que el docente conozca el uso de las nuevas plataformas estatales, asegurando que la tecnología no sea un fin en sí mismo, sino un vehículo con alto contenido pedagógico que potencie el aprendizaje en el aula.
3. Acompañamiento familiar: La escuela se convertirá en el puente para que las familias aprendan a usar su Ciudadanía Digital para interactuar con el Estado.
Bolivia no está reinventando la rueda digital, está finalmente aceitando la misma. La Ley 1080 nos dio la herramienta en 2018, pero es ahora, mediante esta alianza entre el Ejecutivo y las universidades, que se intenta expandir el sistema a una escala nacional y académica.
Para el sector educativo, la aclaración es fundamental: el concepto es antiguo, pero la oportunidad de implementarlo con seriedad es nueva. El desafío será que esta «nueva etapa» no se quede en la foto de la firma, sino que llegue efectivamente a la conexión de banda ancha a cada institución educativa del país.
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