Desde que por vez primera los leyese en aquel libro iniciático de Morales Padrón -Sevilla insólita- esos versos no han dejado de perseguirme. Vuelven año a año. Son como una antífona que el espíritu predispone para el ritual viaje interior que los sevillanos emprendemos cada primavera. Sucede ahora, cuando, al atardecer, desde el Aljarafe asoma el primer hilo de oro de la luz que a Romero Murube le anunciaba la Semana Santa. Morales Padrón los atribuía a Julia Uceda, pero ésta no recordaba haberlos escrito. El misterio de su autoría agrandó en mí su belleza, su poder de evocación, su emotiva hondura. Y ahora, cuando media ya febrero, cuando las espadañas presienten cercano el aleteo del primer vencejo, una voz...
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