EL último día en que su rostro sólo era familiar entre sus paisanos, Rafael Ángel Moreno se levantó muy temprano. Cuando amaneció el domingo 18 de enero de 2026 sabía que iba a ser un día intenso. Se celebraba por la mañana el Trail Sierra Morena Montes Comunales, una prueba atlética muy dura, de 27 kilómetros con un desnivel de 1.400 metros. El alcalde de Adamuz debía estar pendiente del dispositivo para la celebración de la prueba, que reunió a 500 atletas. «Salió todo perfecto», recuerda y no hubo ningún incidente. Comió tarde, satisfecho porque había salido todo bien, y se retiró a descansar hasta que una llamada, cuando ya se había hecho de noche, le abrió un paréntesis de más de cuarenta horas sin dormir y sin apenas comer. No lo dejaba la adrenalina con que acudió a socorrer a las víctimas del accidente de tren que se había producido unos kilómetros más abajo del pueblo. Le habían llamado del 112 hablando de lo que al principio era un descarrilamiento , de que había muchos heridos y se fue, con otros muchos vecinos, para ayudar. Desde aquel día, Rafael Ángel Moreno ha vivido muchas cosas, pero confiesa que todavía no ha querido ver las fotos del trail. Es como si fueran de la vida de otra persona, de un momento en que su vida era otra. De aquel domingo 18 de enero está a punto de cumplirse un mes y tanto el alcalde como todo el pueblo de Adamuz han cambiado. Sus vecinos, los que acudieron a toda prisa a las vías y los que se quedaron en el pueblo aportando mantas y comida para ayudar a los heridos y a los que habían tenido que salir de los trenes han visto cómo durante unos días toda España nombraba a su pueblo y cómo muchos les mostraban su admiración por la forma en que se afanaron por los demás. Ahora ha pasado el tiempo y se han dado cuenta de que han quedado ciertas heridas que es necesario curar. Lo dice el alcalde: casi desde el primer momento reciben ayuda psicológica de dos formas. Bien de manera individual o en terapias de grupo en los que cada uno cuenta lo que vive, lo que siente y cómo se recupera de lo que vivió aquellos días. Muy especialmente lo saben quienes bajaron a las vías, encontraron cadáveres y se llevaron a los heridos para que los atendieran. El Instituto Provincial de Bienestar Social, la Cruz Roja , conveniada con la Junta, y Psicólogos sin Fronteras acudieron de inmediato, sin pedirlo, «Empezamos a hablar cada uno con nuestras vivencias y luego nos dividen en distintos grupos, según los que estuvieran en la zona cero o los que ayudaron en la caseta municipal», relata el alcalde. Y hablan de curar la herida, «sin prisas y sin agobios», expresando lo que se siente. El nombre y el rostro de Gonzalo Sánchez , el vendedor de cupones de Adamuz, se hicieron conocidos entre los que siguieron las noticias sobre el accidente ferroviario. Tomó el quad y en él transportó a muchos heridos desde las vías hasta el pueblo. Todavía habla de lo que pasó hace un mes y no tiene problemas para hablar de las heridas. De las pesadillas, porque para él dormir plácidamente ahora no es fácil. No son esas pesadillas que llegan de remordimientos de conciencia por no haber actuado bien. Al contrario: «Hemos hecho todo lo que hemos podido y lo que estaba en nuestras manos, porque no es tan fácil hacer lo que hicimos y volverlo a repetir». Pero «quedan esas imágenes en la cabeza y aparecen» Por eso insiste en criticar las denuncias de pillaje en los equipajes. No es algo propio de los que fueron a ayudar. En la cabeza, dice, se han quedado imágenes, y aparecen cuando menos se espera. A él le han recomendado ir al psicólogo, que tiene uno a su disposición, pero todavía no ha acudido. «Algo me queda pendiente , no sé lo que es, e iré cuando lo haga». El alcalde recuerda los primeros días con una actividad sin fin y descansando sólo por puro agotamiento, sin haber tenido necesidad de haberse detenido. Ni de comer siquiera. Los dos lo dicen. La caseta municipal cerraba todos los días a las doce de la noche y lo vencía el cansancio en que no había pensado. Al pasar los días es cuando uno se da cuenta de lo que afecta. Rafael Ángel Moreno no ha tenido pesadillas relacionadas con los trenes, pero sí que ha soñado que se ha visto involucrado en un accidente de tráfico . En el sueño él no está herido, pero sí ve a gente atrapada y tiene que ayudar. «No sé cómo he llegado allí, pero tengo que hacer algo», cuenta. En ese momento, al escucharlo, Gonzalo Sánchez relata que tiene sueños parecidos. Los psicólogos le han dicho que es algo que está dentro de la normalidad y hay que afrontarlo con las pautas que están indicando, que pasan por contarlo. Lo dice Gonzalo Sánchez: «Nos han dicho que soltamos lastre contándolo, y que mientras más veces, mejor». En su caso todavía siente que le faltan cosas. Por ejemplo, ha acudido a casa de un joven al que ayudó, Hugo , que llegó a estar en su casa recuperándose. La familia lo recibió en Huelva y ha vuelto a coincidir con ellos. Un mes después, las tareas propias de la ayuda del accidente, que asumió por pura generosidad, todavía no estaban terminadas. No había podido despedirse de él y lo ha hecho. Tercia entonces el alcalde al afirmar que los psicólogos, con los que ha hablado tantas veces, les han dicho que es bueno el cerrar esas páginas que habían quedado abiertas. Lo dice Moreno, cuando habla de que le ha llamado mucha gente para darle las gracias y lo corrobora el vendedor de cupones en carne propia: «Eso ayuda mucho». En el funeral que se celebró en Huelva le sucedió mucho. A Gonzalo le han abrazado con una frase que le abruma por la responsabilidad: «Eres el ángel de la guarda de mi hijo». Porque algo que ha hecho la memoria es borrar los rostros de las personas a las que se ayudó a salir de los vagones. «Llevé a gente a cuestas, pero después no me acordaba de su cara», afirma el vendedor de cupones. El alcalde dice entonces que le ha pasado lo mismo, y que los psicólogos le confirman que es como un mecanismo de defensa del cerebro. «Llevé a una chica desde el Alvia hasta fuera, y no me acuerdo de su cara. El cerebro lo hace para que si pasa algo, no te quedes con ese rostro», afirma. En el funeral que se celebró en Huelva se acercaron personas para saludarlo, pero se lo tuvo que decir: «Lo siento, no me acuerdo». Gonzalo Sánchez también lo dice al recordar a José María, a quien ayudó en las vías: «No me acordaba, sólo sabía que tenía barba , que era un hombre grande». Luego le decían que si no recordaba a quienes había sacado y lo hizo, pero nunca de los rostros o de rasgos físicos que los distinguieran. Ahora ha pasado un mes y el alcalde piensa que lo anterior a la tarde del 18 de enero, incluido aquel trail que se había celebrado por la mañana en los montes, es «otra vida». Gonzalo Sánchez asegura que lo sucedido le hace «ser mejor persona ». «Antes me atascaba con cualquier tontería y ahora pienso que para qué voy a discutir con nadie si no vale la pena», afirma. En el pueblo sigue hablándose mucho del accidente. De forma espontánea los adamuceños sacan el tema y le preguntan cómo están a quienes estuvieron en primera línea. Allí tercia en la conversación Francisco Cuenca , herrero, que colaboró en la ayuda desde el primer momento. Su taller está justo enfrente de la caseta municipal, del lugar en que se centralizó la ayuda a todas las personas que llegaron desde los trenes. «Por aquí pasan camioneros, gente de fuera. Nos preguntan que cómo estamos. Cómo vamos a estar, aguantando el chaparrón». Francisco Cuenca tiene muy presente todavía lo que sucedió. Tiene en la cabeza el accidente y las expresiones que tenía la gente «y uno vuelve a lo mismo». En su caso las caras no se han olvidado y aparecen en ciertos momentos, muy en especial cuando se queda solo y regresan los rostros: «Te metes en el círculo». Su forma de afrontarlo tiene que ver con encontrar lo positivo de lo que está sucediendo. Sabe, por ejemplo, que hay muchas personas que lo están superando y que están saliendo de los hospitales. Hace votos para que las familias empiecen a superar la pérdida de sus seres queridos, aunque reconoce que será difícil. En lo demás, lo que ahora siente es que Adamuz, el nombre de su pueblo, se asocie para siempre a la tragedia que costó la vida a 46 personas. Aunque también a la ayuda con la que se respondió: «Fue bueno y en cualquier sitio se hubiera hecho igual». Porque lo que está claro es que la historia de lo que sucedió no está todavía terminada de escribir. Hay gente que aporta cosas que los demás no recuerdan. Lo dicen los dos, que cada día sale algo nuevo, y ambos necesitan hablarlo. Lo resume Gonzalo Sánchez: «No es que quiera contar 10.000 veces lo mismo, pero es que necesito hablarlo . Hay que afrontarlo así». Fueron los dos de los que conocieron que eran dos trenes los accidentados. El lugar donde descarriló el Iryo era muy accesible y en una zona además llana, pero supieron entonces que el tren había chocado con otro, un poco más allá. Y allí se fueron, sin pensar en competencias sino «en personas que ayudan a personas». Era el punto más accesible, sin túneles y con facilidad para llegar, tanto para los que iban a ayudar como para las ambulancias. Y lo que se hizo fue con intuición, porque «nadie está preparado». En primera fila estuvo también desde el comienzo Rafael Prados Godoy, párroco de San Andrés, y lo hizo ayudando en todo lo que necesitaran. Ahora sigue haciéndolo, pero en el plano espiritual: «Muchas personas quieren hablar conmigo, para verle un sentido también desde Dios a lo que ha pasado». La pregunta es existencial e inevitable: ¿Por qué pasó? ¿Por qué a estas personas?. «Es lo que sucede cuando un accidente de esta magnitud al lado de tu casa, que se hace tangible y y te cuestiona todo. La vida los prioridades», dice el sacerdote. Porque el ser humano es consciente de que tiene que morir, pero actúa como si no lo supiera, y lo que ha sucedido lo recuerda. A partir de ahí «uno piensa que le podría haber pasado lo mismo y le remueve mucho por dentro». De este caso queda también algo positivo: «La respuesta heroica de la gente, cómo fueron a ayudar a los demás y arriesgaron su vida por hacerlo. Eso ayuda a ver a Dios en todo». Un sacerdote es un consejero espiritual y ha escuchado y hablado a sus feligreses, pero, ¿y él?. Rafael Prados Godoy sigue «con el recuerdo inevitable». Acaba de volver de Tierra Santa y todos los días la misa se ha ofrecido por las víctimas. Al final la Providencia tenía reservado algo: la última misa era en Emaús , donde el Evangelio de San Lucas cuenta que se apareció Jesús resucitado a dos discípulos que se marchaban de Jerusalén «deprimidos y hundidos después de su muerte». Allí, en el lugar en que Cristo saló a su encuentro y les explicaba la escritura, el párroco de Adamuz predicaba que su peregrinación hasta entonces había sido parecida, y que también se aparecía Jesús para dar, a él y a los que habían vivido aquellos días, la esperanza . Es lo que esperan para estos meses.