Cuando salió del centro de menores, Abdul no tenía adónde ir. Le dijeron que ya no había sitio para él, que debía dejar paso a otros niños que habían llegado a Madrid tras abandonar su país en circunstancias parecidas a la suya, en búsqueda de una vida que no estuviera atada a la precariedad. Entonces, el joven marroquí tenía 18 años. «Y no conoces a nadie. Desde el centro te dan direcciones en las que apuntarte, pero piensas: '¿Cuánto voy a aguantar quedándome en la calle?'», recuerda. Tras desayunar en un comedor social , pasaba el día una biblioteca. Las horas transcurrían en una eterna espera de la noche mientras se inscribía en listas de espera de albergues y acudía...
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