El primer encuentro con Garikoitz Aspiazu, alias 'Txeroki', a su salida de la cárcel —adelantada por el Gobierno vasco gracias a las competencias penitenciarias cedidas por Sánchez a cambio del apoyo de Bildu a los Presupuestos — es discreto y casi anodino. Un par de hombres mayores lo protegen con grandes paraguas y él no pronuncia palabra. En el segundo hay gritos, amenazas al reportero, móviles volando, puños alzados y empujones de la 'corte' del etarra, compuesta a su vez por antiguos miembros de ETA condenados en una reiteración violenta, fractal, eterna. La de siempre. Como si el tiempo no hubiera pasado y el País Vasco siguiera atrapado en una escena de 'Patria', de Fernando Aramburu o de 'Txalaparta', de...
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