En España hay poca gente dispuesta a ir a la guerra (o a que vayan sus hijos o sus nietos) por Ucrania o por Polonia o por Finlandia. Tal vez incluso por Melilla o por las Canarias. Tampoco la opinión pública europea parece especialmente concernida por una eventualidad tan antipática; de hecho, la extrema izquierda y hasta la ultraderecha de varias naciones comunitarias se han opuesto a respaldar la lucha de los ucranianos a través del suministro de armas. Ochenta años de paz continental han vuelto muy lejana la cultura militar y la percepción de amenazas, máxime cuando la defensa de las democracias ha sido delegada a través de la OTAN en la fuerza norteamericana. Por eso cuesta tanto asumir...
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