Para el pueblo cubano, rendirse no es una opción
Los pasillos del poder en Washington resuenan con un coro depredador ya conocido. Una vez más, la Casa Blanca, diversos expertos de los tanques pensantes y políticos estadounidenses predicen el «colapso inminente» de Cuba. Esta es una melodía que el mundo ha escuchado durante más de 60 años, generalmente cantada a su máximo volumen cada vez que Estados Unidos decide apretar el nudo económico alrededor de la Isla. Sin embargo, en 2026, la retórica ha pasado de las sanciones a una campaña abierta de estrangulamiento total. Bajo una nueva orden ejecutiva firmada a finales de enero, la segunda administración Trump ha escalado el bloqueo de décadas hacia un bloqueo de combustible proactivo.
El Presidente cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez expuso claramente las consecuencias previstas en una conferencia de prensa el 5 de febrero de 2026: «No permitir que entre ni una sola gota de combustible a nuestro país afectará el transporte, la producción de alimentos, el turismo, la educación de los niños y el sistema de salud». El objetivo es claro: inducir un fallo sistémico, sembrar el descontento popular y crear condiciones para la desestabilización política. La retórica de la Casa Blanca confirma esta intención.
La declaración de la secretaria de prensa Karoline Leavitt el mismo día, afirmando que «el Gobierno cubano está en las últimas y su país está a punto de colapsar», no es un análisis sino una señal pública, una operación sicológica destinada a reforzar la narrativa de un destino inevitable y presionar al liderazgo cubano para que acepte concesiones unilaterales.
Esta política no es simplemente una «sanción» en el sentido tradicional; es un intento calculado de sofocar a una nación bloqueando cada gota de combustible para que no llegue a sus costas. La administración ha autorizado aranceles y sanciones agresivas contra cualquier país o empresa extranjera que se atreva a comerciar petróleo con la isla, tratando de hecho las aguas territoriales cubanas como una zona de exclusión.
Desde diciembre, múltiples petroleros que se dirigían a Cuba han sido incautados por fuerzas navales de EE. UU. en el Caribe o forzados a regresar a sus puertos de origen bajo amenaza de confiscación de activos. En respuesta directa a este asedio intensificado, Cuba ha anunciado medidas drásticas de racionamiento de combustible diseñadas para proteger los servicios esenciales.
El plan prioriza el combustible para la salud, el agua, la producción de alimentos, la educación, el transporte público y la defensa, mientras limita estrictamente las ventas a conductores privados. Para asegurar divisas vitales, el sector turístico y las industrias de exportación clave, como la producción de tabaco, seguirán operando. Las escuelas mantendrán la educación primaria presencial completa, con sistemas híbridos para niveles superiores. La dirección de la Revolución Cubana ha afirmado que Cuba «no colapsará».
Para los planificadores en la Casa Blanca, Cuba es un problema de 67 años que debe resolverse con hambre y oscuridad. Pero para el pueblo cubano, la crisis actual es la continuación de una resistencia de defender su soberanía ante las demandas de sumisión de Washington.
El fantasma del Período Especial
Para entender por qué el pueblo cubano no ha descendido al caos que Washington predijo, hay que mirar el precedente histórico del Período Especial en Tiempos de Paz. Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, Cuba experimentó un choque económico que habría derribado a casi cualquier otro estado moderno. De la noche a la mañana, la Isla perdió el 85 por ciento de su comercio internacional y casi todas sus importaciones de combustible subsidiado.
Las estadísticas resultantes fueron asombrosas: el Producto Interno Bruto cayó un 35 por ciento y el insumo calórico diario del ciudadano promedio bajó de más de 3,000 calorías a aproximadamente 1,800. Durante ese periodo, habían apagones en toda la Isla por más de 16 horas al día, y la bicicleta se convirtió en el principal medio de transporte al colapsar el sistema de tránsito público.
Al mismo tiempo, Washington escaló su asalto mediante la Ley Torricelli (1992) y la Ley Helms-Burton (1996), cada una apretando más el nudo sobre la economía de Cuba. Sin embargo, en lugar de fracturarse bajo el peso de este bloqueo reforzado, los cubanos desarrollaron la Opción Cero, un plan de supervivencia para el peor de los escenarios diseñado para mantener los hospitales funcionando y a los niños alimentados sin combustible, y el tejido social cubano se fortaleció.
El Gobierno priorizó la distribución de los recursos disponibles a los más vulnerables, asegurando que las tasas de mortalidad infantil permanecieran más bajas que las de muchas partes de Estados Unidos a pesar de la escasez. Este período demostró que cuando una población es políticamente consciente de las fuerzas externas que causan su sufrimiento, se vuelve extraordinariamente resiliente. El Período Especial no fue solo una época de hambre; fue un período de innovación forzada que dio origen al primer experimento nacional del mundo en agricultura urbana orgánica y conservación de energía a gran escala.
El regreso de la crisis energética
La crisis de 2026 es, en muchos sentidos, una secuela de la década de 1990, pero con apuestas más altas y objetivos tecnológicos más avanzados. Las raíces de la actual escasez de energía se remontan a la decisión de la primera administración Trump en 2019 de atacar las importaciones de petróleo cubano como medio para castigar a la isla por su solidaridad con Venezuela.
Al designar a Cuba como un Estado Patrocinador del Terrorismo y activar el Título III de la Ley Helms-Burton, EE. UU. logró ahuyentar a las líneas navieras internacionales y a las compañías de seguros. A esto le siguió una campaña enfocada contra PDVSA (la compañía petrolera estatal de Venezuela) y las firmas navieras involucradas en el acuerdo comercial entre países de la región conocido como ALBA-TCP.
Para 2025, el impacto en la red energética de Cuba era catastrófico. Las plantas termoeléctricas de la isla, la mayoría construidas con tecnología soviética envejecida, nunca fueron diseñadas para quemar el crudo pesado y rico en azufre que Cuba produce nacionalmente sin mantenimiento constante y aditivos importados costosos. La falta de divisas, causada por el endurecimiento del bloqueo, significó que las piezas de repuesto fueran inexistentes. Para cuando comenzó el bloqueo de combustible de 2026, la red nacional ya operaba un 25 por ciento por debajo de su capacidad requerida.
Díaz-Canel ha sido transparente con el público, señalando que sin combustible, todo, desde el autobús escolar matutino hasta los sistemas de refrigeración para las medicinas biotecnológicas avanzadas del país, está bajo amenaza constante; una realidad que ahora ha precipitado el nuevo y estricto régimen de racionamiento.
La amenaza de intervención: de Caracas a La Habana
La postura actual de EE. UU. hacia Cuba no puede verse de forma aislada de sus recientes intervenciones militares en el Medio Oriente y América Latina. Los esfuerzos de «cambio de régimen» en Cuba se están modelando según las campañas de presión máxima utilizadas contra Irán y las incursiones militares vistas en Venezuela el 3 de enero de 2026. La amenaza de un ataque militar estadounidense ya no es un adorno retórico utilizado por La Habana para fomentar el nacionalismo; es una opción estratégica documentada y discutida en Washington.
La lógica detrás de tal intervención es doble. Primero, está el impulso ideológico de eliminar el «contagio» de un país que cuestiona la Doctrina Monroe y la dominación estadounidense en la región. La existencia de Cuba sirve como un recordatorio de que la soberanía es posible incluso bajo la sombra de una superpotencia. Segundo, y de manera más pragmática, EE. UU. está motivado por una sed de minerales estratégicos. Cuba posee algunas de las reservas más grandes del mundo de níquel y cobalto, componentes esenciales de las baterías de litio que impulsan la transición global hacia los vehículos eléctricos y el armamento avanzado.
En un mundo donde EE. UU. lucha por competir con China por el control de la cadena de suministro de minerales y energía, una Cuba soberana que controla sus propias minas es vista como un obstáculo para la hegemonía estadounidense. Si EE. UU. puede forzar un colapso, estos minerales ya no pertenecerían al pueblo cubano; serían subastados a corporaciones estadounidenses como ocurrió antes de 1959.
Esfuerzos extraordinarios en energía renovable
Sin embargo, la respuesta cubana a este renovado estrangulamiento no es una bandera blanca de rendición. Reconociendo que la dependencia de los combustibles fósiles es una vulnerabilidad que EE. UU. siempre explotará, Cuba ha lanzado en los últimos años un esfuerzo nacional extraordinario para transformar su matriz energética. Aprovechando este impulso, el país completó 49 nuevos parques solares solo en 2025.
Esta campaña masiva añadió aproximadamente 1,000 megavatios de potencia a la red nacional, marcando un aumento del siete por ciento en la capacidad total de la red y representando un notable 38 por ciento de la generación de energía de la nación. Para finales de marzo de 2026, con el apoyo de China, la Isla está en camino de añadir más de 150 MW de energía renovable a su red mediante el despliegue rápido de parques solares.
La estrategia es clara: si el imperio puede cortar el petróleo, Cuba cosechará el sol. «La forma en que se ha implementado el bloqueo energético de EE. UU. refuerza nuestro compromiso con la estrategia de energía renovable», declaró Díaz-Canel. El Gobierno se ha comprometido con un plan para generar aun mayor electricidad del país a partir de fuentes renovables para 2030, con el objetivo a largo plazo de lograr la independencia energética total.
Esto implica no solo granjas solares a gran escala, sino la descentralización de la red mediante la instalación de miles de paneles solares de pequeña escala en hogares y edificios públicos. Este movimiento de «soberanía energética» es el equivalente del siglo XXI a los organoponicos de los años 90. Es una forma de superar el bloqueo estadounidense eliminando el producto mismo, el petróleo, que Washington utiliza como correa.
La narrativa del «colapso inminente» de Cuba ha sido escrita mil veces por personas que no entienden la profundidad de la memoria histórica de la Isla. El bloqueo de combustible de 2026 es un crimen brutal contra una población civil, diseñado para crear el caos mismo que los medios estadounidenses reportan luego como «prueba» del fracaso del Gobierno. Es el pirómano culpando a la casa por ser inflamable.
El racionamiento de combustible recién impuesto no es una señal de rendición, sino una maniobra táctica de defensa nacional, un esfuerzo estructurado para sobrevivir al asalto mientras se salvaguardan los pilares de la sociedad cubana que, precisamente, la convierten en una alternativa al modelo estadounidense.
Aun así, el mensaje de Cuba al mundo sigue siendo consistente. Están dispuestos a dialogar y comerciar, pero no a ser dominados ni a convertirse en una neocolonia de los Estados Unidos. La historia de Cuba no es la de un estado fallido, sino la de un pueblo que ha decidido que el combustible más potente para su futuro no es el petróleo, sino la voluntad de permanecer independiente. Mientras el sol sale sobre los nuevos parques solares en el campo cubano, sirve como un testimonio silencioso y brillante de un pueblo que se niega a desaparecer.
*El autor es director Ejecutivo de The People’s Forum e investigador en Tricontinental: Institute for Social Research. Sus escritos aparecen regularmente en Monthly Review, Peoples Dispatch, CounterPunch, La Jornada y otros medios progresistas.