Sobre las purgas de Stalin circula un apotegma, de autoría verídica o atribuida, que sentencia que un muerto es una tragedia pero un millón de muertos se convierte en una mera estadística. Con los escándalos del sanchismo ocurre algo similar, demostrado también a propósito de la acumulación de engaños y mentiras: el primero sorprende, el segundo irrita y a partir del tercero o el cuarto quedan amortizados por la opinión pública como vulgares rutinas. El efecto de uno se pierde con el siguiente o directamente se olvida, sepultado bajo el ruido atronador de una cascada de noticias que abruma a la mayoría de los ciudadanos alejados de los pormenores de la política. La gente se acostumbra al desfile de imputados...
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