«Lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la casualidad», sostenía Borges, a quien quizá no hubiera disgustado la historia de dos náufragos unidos por el destino y separados por el tiempo. El primero se llamaba Roberto Servente y era ingeniero. Tomó en Buenos Aires el primer vuelo de línea a Mar del Plata durante la borrascosa noche del 16 de enero de 1959: a causa de un desperfecto técnico, el Curstiss C-46 no pudo aterrizar y cayó al océano en la más completa oscuridad. El golpe desnucó a cincuenta y cuatro pasajeros ; Servente y una azafata se salvaron porque en un movimiento instintivo se agacharon y se pusieron en posición fetal. Cuando el ingeniero...
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