Es una suerte que el 150 aniversario de Thomas Mann (Lübeck, 1875) haya propiciado la reedición en castellano de una obra poco conocida del autor de 'Los Buddenbrook', 'La montaña mágica', 'José y sus hermanos' o 'Doctor Faustus', por solo citar las obras que marcan más pronunciadamente un asombroso recorrido creativo. Se trata de '¡Oíd, alemanes!' ('Deutsche Hörer!'), el volumen que contiene los textos de las 59 alocuciones radiofónicas dirigidas por el autor al pueblo alemán entre octubre de 1940 y noviembre de 1945, con cadencia mensual, todas iniciadas con ese mismo reclamo que sirve de título. Grabadas en la ciudad californiana de Los Ángeles por razón de lugar –Pacific Palisades– donde Thomas Mann fija su residencia más duradera en el exilio americano, serán emitidas por la BBC desde Londres. Es una obra de extraordinario interés. Cada uno de esos mensajes radiados contiene una condena radical y punzante de «ese excremento del diablo llamado nacionalsocialismo», y una vehemente exhortación al pueblo alemán para que se deshaga de él. Constituyen, sin duda, un valiosísimo testimonio de un tiempo atroz. Sin previa sistematización, las palabras de Thomas Mann permiten, en efecto, reconstruir los estadios que Alemania habrá de recorrer durante los años comprendidos entre la primera y la última de las emisiones: guerra, devastación, expiación, liberación. Por lo pronto, la continuidad de los discursos radiofónicos desde octubre de 1940 permite un seguimiento de los principales episodios del conflicto bélico en Europa. Lo más sobresaliente en este punto quizá sea la reiterada advertencia de Thomas Mann sobre el propósito belicista del régimen nazi, que busca y prepara intensamente la guerra desde su mismo arranque, «forzando durante siete años de intensa labor la maquinaria bélica» ante la pasividad de los «pueblos libres». De ahí la ventaja en la carrera del rearme que adquirirá Alemania durante los alargados años «de apaciguamiento, de titubeo, de hacer la vista gorda, de tratar de mantener contento a Hitler». Por eso la guerra «no empezó en 1939, sino en 1933». Lo que implica como corolario que la guerra «habría podido evitarse» a tenor «de todo lo que se ha permitido en el pasado», escribe Thomas Mann el 15 de septiembre de 1942, subrayando a continuación y consecuentemente la «pesada carga moral para nuestro bando que ello comporta». He aquí un ejercicio de autoinculpación aleccionador por lo que tiene de exigente conciencia personal, pero también por cómo nos interpela a todos nosotros en la Europa actual. La devastación, a su vez, es la consecuencia inmediata de la guerra. Desde temprana hora, la contienda en Europa no deja ninguna duda acerca del enorme destrozo material y moral que provocará. La lejanía física no le impide a Thomas Mann advertir la ruina que sufre el continente del que ha debido alejarse. La crudeza de sus palabras es particularmente acusada al referirse a la política del Reich en los territorios ocupados en el Este, pues en ellos el régimen nazi «pone en práctica la filosofía de la brutalidad». «Todo lo que sucede en los territorios ocupados, en esos infernales Gobiernos Generales y protectorados –dirá ya en septiembre de 1941– tiene como objetivo deliberado la ruina biológica y moral, la castración espiritual –y, en muchos casos, no solo espiritual– de los pueblos». Objetivo que en enero de 1945 podría darse por alcanzado: Europa es entonces «un continente pisoteado, torturado, envilecido, castrado y sometido al exterminio», en la antesala de padecer el último acto de la tragedia. El mensaje emitido por Thomas Mann ese mes, el primero de 1945, tiene el tono de un acta notarial: «Europa yace en ruinas, y con ella, Alemania. Los estragos causados por el nacionalsocialismo, tanto físicos como morales, no tienen precedente. Lo que ha costado en sangre y bienes, su furia rapaz y asesina, su diabólica política de despoblación, es inconmensurable». La expiación será obligada, consecuentemente, cuando llegue el final del «monstruoso sistema de robos, crímenes y falsedades del nacionalsocialismo». Lo escribe y lo dice Thomas Mann también adelantándose en el tiempo. En las alocuciones emitidas a mediados de 1942 ya se pronuncia sobre el tema, empleando siempre un tono extraordinariamente afilado, casi desafiante. Por ejemplo, en mayo de ese año, cuando aún no se atisba el término de la guerra: «Nada podría ser peor para los alemanes que mostrarse quejumbrosos ante la derrota después de haberse ejercitado en una crueldad sin precedentes en la historia (…). Será inevitable una larga cuarentena de atenta vigilancia». La culpa debe ser asumida y la expiación, necesaria. En mayo de 1944, un año antes del hundimiento definitivo, apela a «una Alemania que haya recuperado la razón, que reconozca y se arrepienta con sinceridad de las atrocidades cometidas contra la vida y los bienes de otros pueblos…». Algo más tarde, en enero de 1945, cuando quedan al descubierto los campos de exterminio , exige «reconocer la irreparabilidad de lo que ha hecho Alemania, adiestrada en las artes de la bestialidad por unos maestros infames». Añadiendo una coda que quiere corresponder con fuerza a la magnitud de lo que va descubriéndose en Majdanek, Auschwitz-Birkenau y tantos otros lugares en los que ha habitado la muerte: «¡Alemanes, tenéis la obligación de saberlo! (…). Lo primero que debemos sentir y mostrar es estupefacción, vergüenza y arrepentimiento». La liberación, por último, culminará el camino. La causa última por la que luchan los aliados. Anhelo de libertad frente a «la más infame de las tiranías que jamás haya amenazado al mundo», dirá Thomas Mann ya en la segunda de sus alocuciones, noviembre de 1940, y el mensaje será luego invariablemente nítido. «Vuestros tiranos –abril de 1941– os han inculcado que la libertad es un cachivache pasado de moda. Creedme, la libertad sigue viva y continuará siendo (…) lo mismo que era hace ya dos mil años: la luz y el alma de Occidente». Retengamos como cierre este mensaje alentador del autor al que debemos tantas páginas magistrales en el conjunto de su vasta obra y que, en los textos comentados, trasmite una singular mezcla de lucidez y coraje. Me gustaría por eso que estas líneas constituyeran un modestísimo pero sincero homenaje por parte de un lector agradecido.